Vocación endeudadora

La entrada de capitales financieros transnacionales (endeudamiento en dólares) resulta esencial para el modelo económico vigente. La liberación total del comercio exterior, combinado con la eliminación de las regulaciones cambiarias, sólo es sostenible con un flujo de divisas permanente. El Gobierno lo tiene claro, las figuras más destacadas del equipo económico (Alfonso Prat-Gay y Federico Sturzenegger) se caracterizan por sus fuertes vínculos con el sector financiero internacional.

Se sabe que no existió experiencia histórica de desarrollo por cuenta capital (salvo en el caso de economías muy pequeñas, islas, principados y pueblos montañosos, usualmente destacadas guaridas fiscales). Muchos países se endeudaron y siempre fue para lo mismo: financiar la fuga de capitales y abrir las importaciones. No parece ser una estrategia muy acertada. Llamativamente en ningún momento la alianza que lidera Mauricio Macri ocultó su vocación endeudadora: la mitad de la Argentina está esperando el milagro, aparecer en los manuales de economía como el único país que se desarrolló sostenido por la emisión de deuda externa, la apertura y la liberalización.

La espera, sin embargo, se está haciendo larga. La lluvia de dólares se hace rogar. Tras un mes de gobierno no se han observado anuncios de préstamos o ingreso de dólares significativos que, engrosando las reservas, permitan predecir estabilidad cambiaria, importaciones para todos y bajos niveles inflacionarios. Parecería que no es tan fácil ingresar en un ciclo de endeudamiento externo. Estados Unidos está subiendo su tasa de interés. Brasil, el gigante latinoamericano y nuestro principal socio comercial, acaba de ser castigado por las calificadoras de riesgo crediticio con la categoría de “junk” (basura). El precio de los commodities se encuentra lejos de sus records. Y a la Argentina se le ocurre “volver” al mundo. Sí, justo ahora.

A falta de préstamos a largo o mediano plazo, el Gobierno sale a buscar “dinero caliente”. Aceita la bicicleta. Las elevadas tasas de interés en pesos, la desregulación financiera, la eliminación de los encajes para los ingresos de capitales, la posibilidad de comprar Letras del Banco Central por extranjeros y los seguros de cambio en niveles sumamente inferiores, harían de la Argentina el paraíso de los altos rendimientos en dólares que ningún inversor sofisticado podría rechazar. Es el llamado “carry trade”. Este esquema consiste en que un inversor extranjero compre deuda argentina en pesos, aprovechando los altos rendimientos que otorga la tasa de interés local, para luego volver a comprar dólares con las abultadas ganancias. No debería fallar, al menos en el corto plazo. ¿El largo a quién le importa?

Desde el 2003 se han incrementado drásticamente los flujos de capital hacia Latinoamérica, y sin embargo el “carry trade” prácticamente no ha existido en la región. Parece que los inversores extranjeros invierten en dólares, no en monedas periféricas. El que se endeuda en el exterior es el sector privado local. Las empresas se dedican a esta maniobra financiera, o encuentran tan caro conseguir fondos en su moneda que no tienen otra opción que endeudarse en los mercados externos. Como al momento de pagar las empresas facturan en pesos pero deben dólares, la institución que termina brindando las divisas es el Banco Central.

Por si queda alguna duda sobre las implicancias macroeconómicas del endeudamiento privado, enormes cantidades de seguros de cambio les han sido vendidos a estas mismas compañías (el caso paradigmático es Brasil) asegurándoles la capacidad de repago, y por ende, de compra de dólares para remitir al exterior.

Es difícil predecir el gusto de los mercados: tasas locales, tasas extranjeras, expectativas, restricciones institucionales, geopolítica, precio del petróleo, precio de la soja, calificadoras de riesgo, evolución de la economía local, de la economía regional, modas, vínculos sociales. Ningún economista ha sabido predecirlos. Lo que es seguro es que no dependen sólo de las políticas de un gobierno periférico. Nosotros no nos endeudamos cuando queremos, a lo sumo elegimos si subirnos o no a la ola. Olas que siempre rompen. En 1981, 1988 y 2001 los flujos financieros mundiales se retrajeron violentamente hacia Estados Unidos, y ya vivimos lo que eso implicó para una economía pequeña como la nuestra y altamente endeudada. En 2008 la ola volvió a cerrarse, pero nos encontró con bajísimos niveles de pasivos externos. Nos mantuvimos en la línea de flotación.

Por ahora parece que el mar está planchado, los dólares no aparecen. Esperemos que siga así.

Estanislao Malic