Un salto hacia lo desconocido


Es evidente que la victoria de Donald Trump expresa un malestar en la clase media y la clase baja de Estados Unidos, que a todas luces tampoco se vio beneficiada por la globalización. Lejos en el tiempo quedó el American Way of Life, donde el consumo popular lograba un incremento de la producción estadounidense dando lugar a un consenso de clase y un bipartidismo tibio. Claro que esto fue posible en un marco de constantes aumentos de la productividad, mayores que en el resto del mundo, situación que entró en crisis en los años 70.

A partir de entonces fue la moneda estadounidense la que sustentó ese consumo, mientras que la industria se volvía cada vez menos competitiva, y ya se empezaba a ver autos importados de Japón, acero de Corea, etc. Esta situación se fue deteriorando a medida que las empresas estadounidenses transfirieron sus propias fábricas a China o México, buscando recobrar una competitividad por bajos salarios. La política económica de la crisis de 2008, lejos de revertir la situación, dejó que las empresas profundizaran la reimplantación de industrias.

Algo se ha roto, por lo tanto, en la relación entre capitalistas y obreros estadounidense, algo que supieron aprovechar tanto Sanders como Trump, poniendo en crisis un sistema político hasta ahora muy consolidado. La pregunta que nos podemos hacer es si las soluciones que propone Trump es acorde a la situación de poder implementar su programa de gobierno. En lo económico, todo puede sonar muy conocido a oídos acostumbrados a 12 años de discurso en búsqueda de un modelo de crecimiento con inclusión: proteccionismo, aumento de gasto público, aumento de salarios y castigo a la renta financiera. Pero debe advertirse que el nacionalismo (económico y político) en la periferia es una cosa, y en el centro puede ser otra muy distinta.

Los anuncios de aumentos de salario mínimo son necesarios a la reactivación macroeconómica de Estados Unidos, pero dado el estado de desindustrialización actual del país, es muy posible que esos aumentos redunden en grandes beneficios para China y México si no se logra una reestructuración de la oferta a nivel mundial. Y ahí radica tal vez el desafío más grande del futuro gobierno de Trump: como convencer a las propias multinacionales estadounidense, China, México, India o Brasil de recomponer el tejido industrial del “cinturón herrumbrado”. Sin lugar a dudas, se trata de romper las cadenas de valor global en las cuales el despedazamiento de la producción entre varios países les permitió a las multinacionales grandes ganancias de productividad y escala. Esa desmundialización se puede dar de dos modos: de forma acordada entre los principales involucrados, dando cuenta de un equilibrio de poder a nivel mundial e institucionalizando la tan mentada multipolaridad. O se puede dar de forma unilateral, asimétrica e incluso violenta, como lo fueron las competencias entre países industrializados durante la primera parte del siglo XX, perjudicando a los demás países industrlizados.

En todo caso, todo avance hacia un mayor proteccionismo y una desintegración de las cadenas de valor mundial será perjudicial para Argentina si se acepta esa desinversión de forma pasiva, pero puede ser positiva si el gobierno termina de entender que su política económica noventosa es justamente eso: una política que atrasa veinte años, mientras el mundo ya no es el mismo.

La otra cuestión fundamental será si la tasa de interés de la Fed subirá o quedará baja por el aumento del gasto público. En todo caso, el atractivo por los bonos del Tesoro ya se vio reflejado en la suba de las primas de riesgo de bonos de países periféricos, lo que complica el endeudamiento del gobierno argentino en el corto plazo.

Además, generalmente la suba de tasas se conjuga con una reducción de los precios de los commodities, lo cual puede terminar siendo doblemente perjudicial para las cuentas externas argentinas: financiamiento en peores condiciones y reducción del precio de la soja, sobre lo cual se sustentaba gran parte del crecimiento esperado/ansiado para el año que viene.

Estos nubarrones en el horizonte se vienen registrando en las bolsas de Brasil y Argentina, y las depreciaciones del real y el peso mexicano podría forzar una devaluación del peso ante el panictrump. De ceder a esa tentación, se incrementaría la inflación, se prolongaría la recesión un año más y las perspectivas políticas del gobierno de cara a las elecciones de medio término podrían ser catastróficas.