“Subir la edad de jubilación”

En los últimos días, un rumor erizó la piel de los aspirantes a jubilados: “van a aumentar la edad para jubilarse”. El incremento en la edad jubilatoria sería de cinco años, una especie de cábala en las reformas previsionales del conservadurismo argentino, ya que coincide con el implementado por Onganía y Menem. La versión circuló cuando las nuevas autoridades de la Anses estudian una reforma previsional. De ahí que no deba descartarse que se trate de una especie de testeo de las reacciones sociales que pueda llegar a desatar.

El incremento de la edad jubilatoria forma parte de la agenda global del neoliberalismo. Bajo su prisma, el avance de la medicina y los cambios culturales han generado una baja de la mortalidad y una reducción de la natalidad. La consecuencia lógica es un envejecimiento poblacional que ya es una realidad en Europa y Japón y que se vislumbra como un horizonte de mediano plazo en países como Argentina.

El envejecimiento poblacional hace disminuir la proporción de población en edad de trabajar (activos) respecto a quienes no están en condiciones de trabajar por su avanzada edad (pasivos). A modo de ejemplo (tomando datos del Banco Mundial y el Indec), en los años ‘50 cuando el peronismo extendió el sistema previsional a la mayor parte de la población, había aproximadamente diez trabajadores activos por cada pasivo. Cuando Onganía centralizó el sistema, la relación trabajador activo/pasivo ya había descendido a seis. En el presente, esa relación se ubica cerca de los cuatro activos por cada pasivo.

Dado que la base de todo el sistema de jubilaciones es que los trabajadores activos sostienen a los pasivos, el envejecimiento poblacional implica un desafío importante en su sustentabilidad. La respuesta a esa problemática desde las usinas del pensamiento neoliberal es clara: hay que incrementar la edad jubilatoria.

Ese planteo conservador tiene sus baches. El más evidente de todos es haber “olvidado” que la productividad del trabajo ha avanzado con el desarrollo de la tecnología. Así, un trabajador argentino promedio produjo el último año un 161 por ciento más que en 1950 y un 57 por ciento más que en 1969 (calculado en base a datos históricos de PBI sobre población ocupada de Cepal, Ferreres, Ceso e Indec).

Si se toma en cuenta esa evolución de la productividad, se observa que 4 trabajadores en el presente producen lo que 10,46 empleados en 1950 o 6,28 en 1969. Es decir, la capacidad de los trabajadores activos de sostener a los pasivos es hoy en día levemente superior a la de 1950 y de 1969, ya que el envejecimiento poblacional fue compensado por desarrollo de la productividad. Por lo tanto, la “crisis” de los sistemas previsionales no puede atribuirse al envejecimiento poblacional, mucho menos en sociedades “viejas” como la europea y japonesa donde el desarrollo tecnológico ha sido mucho más avanzado.

En realidad, el desfinanciamiento de los sistemas de la seguridad social a nivel global fue el resultado del creciente empleo informal, el incremento de los salarios reales por debajo de la productividad y la disminución de los aportes patronales. En Argentina, esa tendencia se vio parcialmente contrarrestada en la última década por el incremento del empleo formal y la mejora de los salarios reales, que junto a los aportes del Estado Nacional permitieron ampliar la cobertura a adultos mayores con aportes incompletos.

Hacia adelante, la sustentabilidad del sistema pasa por reducir la informalidad laboral y recomponer los aportes patronales, y no por extender la edad jubilatoria.

Andrés Asiain