“Rezagos de la política monetaria”

La gestión de Federico Sturzenegger al frente del Banco Central se caracteriza por su ortodoxia. Bajo una interpretación monetarista del problema inflacionario, se dedicó como tarea principal a retirar pesos de la circulación esperando que, se esa manera, comiencen a bajar los precios. Haciendo caso omiso a las exhortaciones ortodoxas, los precios aceleraron su marcha ascendente al calor de devaluaciones, bajas de retenciones y megatarifazos.

Ante semejante evidencia, la autoridad monetaria buscó esconder el fracaso de su política con tecnicismos. “Nuestros modelos nos indican que la política monetaria tiene rezagos de unos seis meses, con lo cual la inflación que vemos es producto de una fuertísima expansión en los agregados que vivimos en la segunda mitad del año 2015 y que tendrá efectos que se expandirán durante el primer semestre”, señaló Sturzenegger en una exposición frente a la Academia Nacional de Ciencias Económicas en marzo de este año.

Los “modelos” con que trabaja el Central nunca fueron presentados en sociedad y parecen existir tan sólo en la imaginación de su titular. Sus “rezagos de unos seis meses” formaron parte de la utopía del segundo semestre, y tienen tan poco fundamento como ella. Cuando se analiza a lo largo del tiempo la evolución del dinero en circulación y los precios, se observa que no mantienen una causalidad clara, ni estabilidad en la duración de sus “rezagos”, más allá de su obvia tendencia a moverse juntos en el largo plazo.

La obviedad de ese movimiento conjunto en el largo plazo está dada porque en las economías modernas las cosas se compran con dinero, por lo que el valor de las mismas y el dinero en circulación deben mantener cierta proporcionalidad. Otro cantar es la causalidad de esa relación, que muchas veces puede ser en reversa a la que habitualmente se menciona, es decir, los precios son los que determinan la cantidad de dinero.

Una suba general de los precios impulsa a los empresarios a pedir mayores créditos para cubrir sus gastos corrientes, incrementando el dinero en circulación por el canal bancario. También el Estado requiere mayores adelantos del Tesoro para pagar mayores sueldos a sus empleados, incrementando el dinero en circulación por el canal fiscal. Si la suba de los precios es acompañada de una suba del dólar, también el exportador recibirá mayores pesos al liquidar las divisas en el central, incrementando la circulación monetaria por el canal externo.

Negar a convalidar el incremento del dinero en circulación en una economía inflacionaria se vuelve una difícil tarea. El propio Sturzenegger padeció esa dificultad acumulando elevadas deudas de corto plazo a tasas que dañan la actividad económica (comprometiendo el propio equilibrio cuasifiscal del Banco Central) y presionan a la apreciación de la moneda. No por nada, en el último mes, debió dar marcha atrás con aquella política permitiendo una expansión de casi el 10 por ciento en la base monetaria, en un intento de disminuir las tasas de interés y habilitar leves subas del dólar.

Ya roto el espejismo monetario, es hora de que se pongan manos a la obra con la inflación, que según cálculos cautelosos, cerraría en torno al 40 por ciento anual: ¡más de 15 puntos porcentuales por arriba de la meta fijada por la actual administración al asumir! Para ello deben dejar a un lado los libros de Friedman y ponerse a estudiar la teoría y práctica de los economistas argentinos que abordaron procesos de inflación inercial como los que estamos viviendo. Aún están a tiempo de aprender sobre la marcha.

Andrés Asiain