Legitimidad política con alto desempleo, un nuevo desafío de la época

«Esto significa que el Estado debe intentar mantener o crear condiciones en las cuales sea posible la acumulación rentable de capital. Además, el Estado debe tratar también de mantener o crear las condiciones necesarias a la armonía social. Un Estado capitalista que empleara abiertamente sus fuerzas coercitivas para ayudar a una clase a acumular capital a expensas de otras clases, perdería su legitimidad y socavaría por tanto el fundamento de la lealtad y el apoyo de que gozara. Pero un Estado que ignorara la necesidad de favorecer el proceso de acumulación de capital se arriesgaría a agotar la fuente de su propio poder: la capacidad de la economía de generar excedentes y los impuestos sobre este excedente (como sobre otras formas de capital)». James O’Connor (1)

De la misma forma que los gobiernos populares de Latinoamérica aprendieron a segmentar sus políticas para bajar el desempleo, en función sobre todo de medidas macroeconómicas, la derecha enfrentada con el Estado interventor aprendió a segmentar el discurso para participar a todos los estratos sociales de los problemas identificados por ella, y así construir una hegemonía, con cuotas mínimas de consenso en los sectores beneficiados por los gobiernos populares. Pero hay un sector que sin ser el más beneficiado por las políticas liberales (como podría ser el sector sojero, en nuestro país, o los bancos, etc.), se siente favorecido por un Estado menos interventor.

¿Por qué?

En un mundo donde todo va cada vez más rápido Latinoamérica transita un doble sentido en la tecnificación que dota de velocidad a los procesos de trabajo. Esa velocidad, muy vinculada con la eficiencia, con el mejor resultado sobre el par costo beneficio, merece la atención de un sector social, trabajador, muy vinculado al resto del mundo, por las empresas donde trabaja o por las tareas que realiza, que requiere la explotación “a full” de todos los recursos a mano. No se trata de un sector que le preocupe el desarrollo de largo plazo, está mirando otra cosa. No hay forma de construir un desarrollo sin trabas del Estado que lo orienten. No les importa.

Mientras, por otro lado, existe otro sector, en nuestra región, más vulnerable, que vive “50 años atrás” que para poder vivir mejor necesita menos eficiencia, necesita que la ineficiencia tecnológica se traduzca en producciones trabajo intensivas. Es decir, precisa que proliferen los trabajos de albañil, de mecánico, de gasista, de mozo, de personal doméstico, de cadete, etc.

No se trata de una apología de la ineficiencia, sino de un diagnóstico sobre cómo construir un derecho, allí donde hay una necesidad, una de las más importantes y ordenadoras de las necesidades para la sociedad, la de que generar trabajo.

De este modo, surge una brecha notable. Por un lado, una parte de la población –profesionales, urbanos mayoritariamente, que trabajan en red, con herramientas colaborativas, sin horarios, mezclando vida laboral formal con privada– trabaja a toda velocidad, con buenos trabajos. Para este sector, el Estado es una traba. Molesta, jode. Los trámites que pide el Estado entorpecen la eficiencia, de poder cumplir con la tarea que se quiere hacer, o que el empleador demanda. Pero por el otro un sector social menos favorecido trabaja en la informalidad, con más lentitud, entralazando su necesidad de subsistencia con el trabajo, con escaso bienestar social y muchas dificultades para transitar el ascenso social.

La paradoja entre ambos sectores es que aquellos que viven rápido, a toda velocidad, en trabajos formales urbanos, precisan de ese otro sector, que participa de la vida de aquél como personal doméstico, gasistas, albañiles, etc. En esta tensión ocurren muchas cosas, con un Estado que no promueva el mercado interno, dentro de la estructuras productivas actuales, el precio de esos trabajos informales se vería perjudicado, con lo cual el beneficio para el sector favorecido de la sociedad sería doble: menores trabas del Estado para moverse, y precios más bajos de estos servicios. Sin embargo, la paradoja no termina allí. Un mercado interno más chico, podría destruir parte del entramado PyME e industrial de la Argentina, poniendo en jaque, por efecto dominó el nivel de empleo de estos sectores formales urbanos, sobre todo vinculado a servicios.

Populismo contra neoliberalismo

Para este sector social el populismo, así llamado, es un estorbo, pone trabas por todos lados, jode la vida, no importa mucho por qué, con qué objetivos, importa que esas trabas no existan más, no para trabajar más, siempre se está a todo lo que da, sino para poder cumplir con más eficiencia con las necesidades que exige este tiempo de alta velocidad.

El Estado interventor, llamado peyorativamente populismo, en Latinoamérica funciona mejor en su objetivo de generar empleo o bajar el desempleo, cuando hay crecimiento y recursos. Cuando no los hay, y tiene que sostener los logros sociales, las conquistas, los derechos (muchos de ellos monetizados), se ve en la obligación de acelerar el proceso de trabas, protecciones, que generan una ineficiencia mayor en el entramado productivo, pero a su vez sostiene el consumo interno y el trabajo, y eso dota de un círculo virtuoso a la economía. Eficacia social vs. eficiencia privada del sector más tecnificado del proceso productivo.

Esto se pudo ver en Latinoamérica en su conjunto entre 2003 y 2013, desde entonces cada gobierno a su manera busca sostener lo logrado, cruzado por democracias muy débiles, frente a la presión creciente de medios de comunicación y los avances del poder judicial, que se referencian en sectores concentrados, que serían las patronales de estos trabajadores urbanos formales. (2)

Los casos recientes del triunfo electoral de Macri o la salida por la fuerza con el juicio político a Dilma se enmarcan en estas reconfiguraciones a favor de la eficiencia, de los sectores de poder transnacionalizados, sobre todo con penetración financiera.

En el gráfico 1 se puede ver cómo la inversión en términos agregados no muestra grandes aumentos en proporción al PBI entre el modelo de los 90s y el de 2000s. Digresión: hablamos de modelos para resumir una idea, en realidad no son tales, porque el concepto implica copia de políticas existentes en teoría o en la práctica de otros países, y nunca se da tal situación de manera acabada. En este gráfico también se puede ver que la inversión extranjera no es significativamente más baja en 200s que en 90s. Mientras el desempleo sí se muestra más bajo en el último período.

 

Gráfico 1: promedios de inversión como porcentaje del PBI.

inversion

Este proceso reciente, de Estado interventor, mejoró la distribución del ingreso en la región. Mostrando en 2013 en su punto más bajo a Uruguay y la Argentina. Pero sin embargo, esta mejor situación, en conjunto con estados fuertes, tuvo/tiene una fuerza contraria que busca que Latinoamérica “se suba al mundo”. Y este subirse al mundo tiene que ver con acciones de trabajo que marchen a la misma velocidad que en el resto del mundo, de ese mundo internacionalizado. El discurso de “unir a los argentinos”, quedaría entonces sólo en eso, en palabras, porque la brecha entre grandes universos de trabajo (formal e informal) se vería ensanchada. (3)

La pregunta que queda abierta es cuánto desempleo requerirá para funcionar esta nueva etapa de eficiencia focalizada sobre procesos laborales de sectores urbanos con vínculos externos e intereses transnacionales. Esperemos que no tanto como en 90s, aunque el contraste se va a sentir tanto o más que entonces. El FMI suele estimar que la aplicación de estas medidas baja el desempleo, cosa que no se verifica (en Brasil por ejemplo, se estima que con estas medidas, recién luego de 4 años el desempleo empezará a bajar).

¿Significa esto que la eficiencia es un problema? No, para nada, lo que sí es un problema es el desempleo. Por eso cabe planificar ese sendero, ir hacia el desarrollo de manera paulatina, mejorando los procesos productivos, con un plan de industrialización y asignación de recursos por parte del Estado, absorbiendo tecnología, pero sin destruir empleo en el camino. Nadie dice que sea fácil, pero es imprescindible, porque el desempleo no es un costo, es el fracaso de un país que debe organizarse en función de todos y no sólo de algunos.

Cómo se resuelva este problema nos marcará para los próximos años, tanto para la reconstrucción de un modelo de acumulación como para la legitimidad lograda por estos gobiernos liberales.

Hernán P. Herrera

(1). James O’Connor: La crisis fiscal del Estado; Barcelona, ed. Península, 1981.

(2). Prakash Loungani y Zidong An (2016): Desempleo: Problemas a futuro para los mercados emergentes; Blog del FMI; 2016; http://blog-dialogoafondo.org/?p=6544

(3). Werner A (2016): América Latina y el Caribe: Administrando transiciones; Blog del FMI; http://blog-dialogoafondo.org/?p=6495