La unidad antiliberal no admite concesiones de “gobernabilidad”

EDITORIAL DE FERNANDA VALLEJOS (click para escuchar)| MUCHO MÁS QUE DOS – 22.07.2016

“De mal en peor” definieron ayer la situación del país, desde la asunción de Macri, las tres fracciones de la CGT que avanzan en la reunificación de la central obrera que se sellará formalmente en el congreso normalizador de agosto. Schmid, Daer y Acuña serán la cara de la nueva conducción tripartita. “Esta unidad va a hacer que los trabajadores recuperen todo el terreno perdido” sostuvieron los dirigentes sindicales. En el diagnóstico que hicieron público coincidieron con la amplia mayoría de los argentinos en que la Argentina se ha vuelto invivible del día a la noche producto del ajuste, de la inflación imparable sobre la canasta familiar, y de un primer semestre de macrismo que sólo representó “malas noticias para los trabajadores”. Ojalá, una tiene la tentación de decir, que lo digan a conciencia y que la acción esté a la altura de las circunstancias o, más precisamente, de la representación de los intereses de los trabajadores que no sólo la están pasando mal sino que la van a pasar mucho peor de aquí en adelante si las organizaciones políticas, sindicales y sociales no ponen límites claros a una gestión depredadora del Estado y de la vida de las personas. Y, en este punto, quiere disentir con la apreciación de Schmid respecto de que el sindicalismo “debe garantizar gobernabilidad”. La gobernabilidad la tiene que construir el gobierno, con políticas razonables. Construir que no es lo mismo que comprar. Es que resulta difícil imaginar dónde están los puntos de tangencia entre el movimiento obrero y un gobierno claramente antipopular que no ha parado, ni parará, como los propios dirigentes cegetistas reconocen, de lesionar la calidad de vida, el salario y las condiciones laborales de los trabajadores, ensanchando sin pausa el ejército de desocupados desde que asumió. Parece obvio que la responsabilidad de la política, ya sea partidaria, sindical o social, es con los hombres y mujeres a quienes representan y, por ende, se cae de maduro que, en la medida de sus posibilidades, lo que deben garantizar es que no se sigan deteriorando las condiciones de vida de sus representados, más que preocuparse por la gobernabilidad de un gobierno que efectivamente se ocupa de garantizar los intereses de los sectores a los que representa: el gran capital, sobre todo extranjero, y en alguna medida, el gran capital nacional.

La responsabilidad de la política, ya sea partidaria, sindical o social, es con los hombres y mujeres a quienes representan y, por ende, se cae de maduro que, en la medida de sus posibilidades, lo que deben garantizar es que no se sigan deteriorando las condiciones de vida de sus representados, más que preocuparse por la gobernabilidad de un gobierno que gobierna contra el pueblo.

Por lo demás, hay que salir del lugar de lo políticamente correcto y pararse del lado de lo humanamente justo. Y, por caso, a este gobierno tanto como a parte de la supuesta oposición aliada al macrismo, el pasado reciente lo condena. Porque lo cierto es que durante, por lo menos, los 8 años de la anterior gestión, no les asomó un solo prurito vinculado a cuestiones de gobernabilidad, se opusieron sistemáticamente a toda iniciativa oficial, por buena que fuera. De modo que, una escucha a seudo-dirigentes como Sergio Massa y otros que se quieren probar el mismo traje, y se siente un poco movida a risa frente al argumento de la gobernabilidad. Amigos: hagamos un poco de memoria. Los sectores que hoy gobiernan estuvieron dispuestos a incendiar el país para defender los intereses de un puñado de agroexportadores. ¿De qué gobernabilidad pueden hablar? Déjenme decirlo en criollo, para que no queden dudas: si el macrismo tuviera mayoría propia en las cámaras valdría el argumento de: “si lo van a aprobar igual, demos la discusión para que se apruebe lo menos malo”. Pero ese no es el caso. Entonces, uno se pregunta: ¿por qué prestarle gobernabilidad a un gobierno que gobierna contra el pueblo?

Escuchar a seudo-dirigentes como Sergio Massa y otros que se quieren probar el mismo traje, con el argumento de la gobernabilidad mueve a risa. Los sectores que hoy gobiernan (y co-gobiernan) estuvieron dispuestos a incendiar el país para defender los intereses de un puñado de agro-exportadores.

Mientras tanto, los argentinos, los laburantes, los jubilados, el pueblo que vive y sufre esta Patria, va, contra viento y marea, de tinta y de las otras, viendo la manera de hacer saber que no es esta la Argentina para la que ha puesto el lomo toda su vida. Y así vemos, a diestra y siniestra, esfuerzos solidarios, organizados en comedores, en ollas populares, descontentos, tomando la calle como el jueves pasado contra el tarifazo. Los gremios, los sindicatos, muchos de ellos, como el caso de los docentes que exigen la reapertura de paritarias, en vistas de la inflación escandalosa que ha perfilado el gobierno con sus políticas, también tomando la calle a diario, incluso sin la efectiva unidad que les garantizaría la necesaria contundencia para reclamos que son sobradamente justos y que ojalá se salde en agosto, para el bien de todos nosotros.

El pueblo está resistiendo. No es, claro, la primera vez. Tiene gastadas las mediasuelas de tantas contramarchas a las que los liberales, cada vez que se apropiaron del Estado, nos han condenado. Y, por dios, que tiene capacidad de resistencia este pueblo. Miremos sino a la Madres. Allá van, otra vez, con todo su dolor y toda su dignidad. Con todo su amor, a marchar otra vez, a resistir otra vez. Porque “otra vez el enemigo está en la casa de gobierno”. El pueblo va a resistir, junto a la Madres, sí, como otras veces. Va a resistir y está sufriendo. Por eso también es necesario, junto con la unidad del movimiento obrero, la unidad en la lucha, la unidad en la acción, es necesaria y más que nunca la política, la unidad de la dirigencia auténticamente opositora, que es lo mismo que decir auténticamente popular, auténticamente nacional, auténticamente antiliberal, no sólo para señalar, denunciar e imponer límites a una política de expoliación de los argentinos. También para reconstruir nuestra agenda de presente y de futuro, que nos rescate de este sufrimiento y nos aleje de otros peligros menos visibles pero mucho más atroces, como una vez Néstor, Chávez y Lula nos rescataron del ALCA.

El pueblo va a resistir, junto a la Madres. Pero está sufriendo. Por eso, también, es necesaria, junto con la unidad del movimiento obrero -la unidad en la lucha, la unidad en la acción- más que nunca la política, la unidad de la dirigencia auténticamente opositora, que es lo mismo que decir auténticamente popular, auténticamente nacional, auténticamente antiliberal.

Que el pueblo se empodere, sí, pero con la diregencia, a la cabeza, a la par… pero con ella. Con toda su experiencia al servicio de la organización popular y de la reacreación de este proyecto que nunca deja de nacer de las entrañas mismas de la Patria y que reclama erguirse frente a un neoliberalismo global que pisa fuerte y anhela hallarnos distraidos. Un gusto que no le vamos a dar.