Inflación y metas de inflación. Reflexiones para la Argentina

Nuestro país tiene el desagradable privilegio de estar entre los países que más inflación ha experimentado en el último siglo. Las hemos vivido todas: inflaciones moderadas, altas (en torno a los tres dígitos) y permanentes, estanflación, deflación e hiperinflación. Claramente la estabilidad nominal no ha sido nuestra mejor característica. Causales, todos: desorden monetario, desorden fiscal, puja distributiva, crisis de balance de pagos, inercia inflacionaria por mecanismos como la indexación contractual, y todos los demás shocks de demanda u oferta  conocidos.

Es tradición otorgarle al Banco Central como objetivo primordial resguardar el valor de la moneda, esto es, controlar la inflación. Más allá de reconocerle más poder a la política monetaria del que tiene (como discutiremos más adelante), esa concepción nace de pensar que si el fenómeno es nominal, el problema es de índole nominal. Aquí la historia de nuestro país es muy vehemente. La volatilidad del PBI, del empleo, del tipo de cambio real, los términos de intercambio y los demás indicadores del sector externo, los desequilibrios de stocks como los megaendeudamientos en moneda extranjera, los cambios abruptos en la distribución del ingreso y la riqueza, todos ellos han sido la norma en el funcionamiento de la economía nacional, todos han sido contrarios con la estabilidad nominal.

¿Es deseable tener la inflación bajo control? Es muy deseable. En una economía descentralizada los precios son una guía fundamental, y si a las incertidumbres inherentes al funcionamiento de cualquier sistema económico le agregamos que los agentes no tienen guías de referencia  se produce una parálisis total. En los episodios de alta inflación o hiperinflación, y vale recordar, también los de deflación, los agentes no pueden dilucidar cuanto serán sus ingresos futuros, la evolución de sus ahorros o de sus deudas. Y esto es así porque, en general, la inestabilidad de precios ha generado cambios fuertes en la distribución del ingreso y la riqueza, porque lo que suele haber detrás es crisis reales. Uno no puede hablar de las hiperinflaciones en Europa sin hablar de las guerras mundiales. O en Latinoamérica sin hablar de los golpes militares. Y el empleo de las armas fue concretamente para generar cambios distributivos intra e internacionales.

La inflación es un fenómeno monetario en tanto y cuanto la moneda es una institución social fundamental y omnipresente en el funcionamiento económico. Como mediadora de todas las transacciones económicas, la moneda es donde se manifiestan los desequilibrios económicos porque toda transacción real tiene un correlato monetario.

Por otra parte, el manejo de la política monetaria tiene efectos muy fuertes sobre la economía real. Así John Maynard Keynes comienza a ser reconocido por su análisis sobre cómo los países europeos financiaron la Primera Guerra Mundial. En su Tratado sobre la reforma monetaria de 1923 explica como la financiación monetaria llevó a que la inflación fuera mucho mayor en Alemania que en Inglaterra donde el gasto militar fue cubierto principalmente con impuestos. Con  la Teoría general del empleo, el interés y el dinero de 1936 ayudo a  entender que el dinero y el interés tienen un efecto central sobre el ciclo económico y es la primera instancia para regular el ciclo económico, pero en situaciones de pánico e incertidumbre como la Gran Depresión, hay un equilibrio malo donde el único actor con la capacidad instrumental y estratégica para revertir esto es el Estado. Convirtiéndose éste en el gastador de última instancia.

Milton Friedman comienza su carrera hablando de cómo la política monetaria tenía un gran poder para revertir situaciones como la Gran Depresión para luego, hacia el final de su carrera, predicar que el poder del dinero sobre el producto se agotaría en efectos inflacionarios.

Las dos mentes económicas más influyentes del siglo XX, desde perspectivas muy diferentes, entendieron que el dinero es central pero que tiene sus límites.

Por lo tanto, cuando hablamos del Banco Central estamos hablando de un actor primordial en el funcionamiento económico. De aquí que la independencia del Banco Central va en contra del funcionamiento democrático. Puesto que el ejercicio de la voluntad popular, que se cristaliza en las elecciones, de nada sirve si se le quitan los medios para la transformación social, siendo la política monetaria la piedra angular de la política económica.

¿No abre esto espacio para el despilfarro y la sinrazón en el manejo de los recursos públicos? Las armas no matan, quienes matan son las personas que las usan. Como herramienta, la política monetaria se puede usar de muchas maneras, y eso dependerá del contexto. Las armas pueden salvarte de las bestias salvajes, pueden ser una defensa de los pueblos ante las tiranías locales y foráneas. Análogamente, prohibir la financiación del Estado vía creación de medios de pagos puede quitarnos una herramienta muy importante para reactivar la economía en contextos deflacionarios. Japón ha alcanzado niveles exorbitantes de deuda, en tanto su prolongada recesión mella estructuralmente las cuentas públicas, a la vez que no ha logrado salir de la trampa deflacionaria. Nosotros jamás lograríamos sostener en las mismas condiciones semejantes niveles de endeudamiento.

Si la cuestión es evitar los desordenes monetarios, lo sensato es ir a las causas y no a los síntomas. Lo que se debe crear es una institucionalidad que restrinja las posibilidades descontrol en las cuentas públicas. Lo que a su vez enriquecería el juego democrático, en tanto las posibles excepciones para realizar gastos que comprometan el orden fiscal deberán estar contempladas dentro del marco legal que crea el Congreso.

La creación de dinero por parte del Banco Central tiene tres orígenes, financiar al Estado, proveer liquidez al sector privado principalmente a través del sistema financiero y la intervención en el mercado cambiario. Por lo tanto, en orden de evitar los desordenes monetarios se debe bregar por medidas macroprudenciales y regulatorias en la política fiscal, el sistema financiero y el balance de pagos. Volvemos así a destacar que los problemas monetarios son el síntoma de los problemas profundos en el funcionamiento económico.

El monetarismo invierte los términos a modo de volver a la política monetaria el origen de todos los males.

Cuando Friedman habla de que “la inflación es siempre y en todo lugar un fenómeno monetario en el sentido de que es y puede ser producida únicamente por un aumento más rápido de la cantidad de dinero que en la producción. Muchos fenómenos pueden producir fluctuaciones temporales en la tasa de inflación, pero ellos pueden tener efectos duraderos solo en tanto ellos afecten la tasa de crecimiento monetario” en el extremo es casi tautológico, la gente no puede pagar millones por los productos si no se multiplico la cantidad de dinero emitida. En lo práctico la doctrina monetarista tiene un matiz más oscuro. Sin mayor emisión no se puede disparar la inflación, lo que es análogo a controlar la superpoblación mundial congelando la cantidad de alimentos que se producen. Ante esta concepción fundamental, no sorprenden los efectos traumáticos que han tenido las políticas monetaristas en nuestra historia.

Dirigiéndonos hacia la discusión contemporánea de las metas de inflación debemos dirimir dos cuestiones básicas: ¿Es deseable una meta de inflación?, y de serlo, ¿Cuál debería ser dicha meta?

Respecto a la primera pregunta, responderemos enfáticamente que sí. Los problemas macroeconómicos son inherentemente fallas de coordinación masivas. Por ejemplo, en una recesión están las maquinas, están los operarios, pero no se produce. Nadie produce si nadie compra, y nadie compra si no está produciendo y generando ingresos. Keynes dirá que de este equilibrio con desempleo se sale generando gasto, dado que el poder de compra se puede generar creando medios de pago, y si aún así el sector privado no utiliza esos medios de pago, sino que los atesora, el Estado estratégicamente utilizara los medios de pago que él mismo genera para generar nuevos gastos.

Con la inflación es similar, hay un equilibrio donde si todos suben sus precios a nadie le conviene individualmente no subirlos. Las hiperinflaciones se terminan cuando hay un cambio de régimen económico donde nadie cree que los demás van a subir sus precios y al individuo en ese contexto también le conviene no subir el propio. Así confluimos a un equilibrio bueno. Esto hace que las expectativas tengan un rol esencial. Y una meta de inflación es una manera clara de controlar las expectativas.

En nuestros países las crisis han sido típicamente por el lado del sector externo. Esto es así, por un lado, por nuestra inserción internacional como exportadores de commodities cuyo precio es muy volátil, por otro, por la debilidad de nuestras instituciones monetarias que llevan a cambios bruscos de portafolio en las típicas corridas contra la moneda. Esto implica movimientos abruptos en el tipo de cambio real, movimientos que suelen ser reprimidos en tanto y en cuanto, esto ha sido típicamente incompatible con la estabilidad nominal de la economía. La contraparte es que el equilibrio externo se debe alcanzar a través de la recesión interna.  La literatura y los estudios empíricos muestran que las devaluaciones son inflacionarias en consonancia con cuan inflacionario es el régimen económico. Por lo tanto, una meta de inflación que  logre una inflación moderada y bajo control, y particularmente que ancle las expectativas en situaciones de stress económico, solidificaría a la institución monetaria en su función de reserva de valor al tiempo que permitiría el ajuste de la cuenta corriente ante shocks reales.

La segunda cuestión, el nivel del objetivo inflacionario, merece a nuestro entender una respuesta más concreta y sucinta. Debe ser lo suficientemente alta para evitar los peligros deflacionarios, como nos enseña la experiencias recientes de los países centrales. Alta para permitir los cambios de precios relativos inevitables en los proceso de transformación productiva que deben emprender nuestros países. Pero lo suficientemente baja para brindar estabilidad nominal y evitar el surgimiento de mecanismos indexatorios que generan una perversa inercia inflacionaria.

La meta puede ser explícita o implícita como utiliza la FED, pero lo importante es el compromiso de que los precios reviertan a la media y no haya un cambio permanente. También los desvíos deben ser acotados a modo de evitar licuaciones de los ahorros en moneda local, en especial por la terrible experiencia en el tema que han vivido nuestros ahorristas.

¿Por qué se discute tanto las metas de inflación entonces? Por la matriz monetarista a la que están asociadas. Como dijimos, el monetarismo es esencialmente traumático por su propia concepción. Y una meta inflacionaria no es un fin en sí mismo, sino que es una estrategia útil para circunstancias como las antes descritas.

Los países Latinoamericanos que han empleado las metas de inflación monetaristas, donde el Banco Central es independiente y único responsable del control sobre los precios, han terminado con tasas de interés y atrasos cambiarios incompatibles con el desarrollo económico que sí debe ser un fin claro de la política económica.

Esto no quita que la política monetaria no tenga mucho para decir en términos de un plan antiinflacionario. Cosa que entendían tanto Keynes como Friedman.

En particular, porque la política fiscal (tanto del lado del gasto como del régimen impositivo), como la política de ingresos (precios y salarios), afectan decisivamente la distribución del ingreso que es otro fin fundamental de la política económica. Entonces estas variables deben tener en vista a la cuestión inflacionaria pero su concepción no se agota ahí.

La política monetaria también afecta la distribución del ingreso pero de una manera menos conflictiva políticamente, dando más grados de libertad para su implementación.

Por último, hemos vuelto a la discusión inicial respecto a que la inflación es generalmente el reflejo de los conflictos distributivos. Por lo tanto un ordenamiento de las variables fundamentales que cristalicen un consenso social en pos del crecimiento con inclusión social, hará que la política económica tome su rol inherentemente político conciliándose con la democracia y los fines verdaderos que ésta pretende de ella, y como corolario, se termine el problema inflacionario que aquí nos convoca.

Saúl Barandiarán