Góndola del supermercado mundial

En el marco de la protesta de productores hortícolas en Plaza de Mayo, el ministro de Agroindustria, Ricardo Buryaile se refirió a las importaciones de alimentos –que había sido uno de los ejes del anterior reclamo, la de los productores frutícolas del alto valle del río Negro– desestimando que tuvieran relevancia en la evolución del sector. “Las importaciones de alimentos llegarán a fin de año a los 1000 millones de dólares”, afirmó, continuando con que las mismas son en consecuencia relativamente menores si se las compara con el volumen de las exportaciones. En el mismo sentido –de despreocupación con respecto a las importaciones– se viene pronunciando el Jefe de Gabinete, y ello quedó plasmado en el Presupuesto 2017, que prevé un déficit comercial creciente hasta el 2019.

El dato presentado por el ministro no concuerda con la información oficial que brinda el Indec: según el último informe de Intercambio Comercial Argentino del organismo, acumulados los siete primeros meses del año, las importaciones de alimentos ya alcanzaron los 1045 millones de dólares y han tenido con respecto al mismo período del año pasado un crecimiento del 28,2 por ciento. Una proyección de estas importaciones ubican el valor a fin de año en los 1800 millones de dólares, es decir casi el doble de lo indicado por el gobierno.

Además del valor absoluto, que debe reconocerse, no llega a constituir un problema en sí en el total de las importaciones, dos aspectos sí son muy significativos. El primero de ellos tiene que ver con la evolución. Como se ha indicado, las importaciones de alimentos y bebidas crecieron un 28 por ciento interanual, cuando el volumen total de las importaciones cayó un 7,7 por ciento, producto de la menor demanda de bienes intermedios originada en la caída de la actividad. De esta forma, la participación de las importaciones de alimentos y bebidas –preparados o para consumo en hogar– creció del 2,3 al 3,3 por ciento del total de las importaciones. Un crecimiento relativo de casi el 40 por ciento. Con respecto a las importaciones de bienes de consumo, los alimentos ya alcanzan el 16,3 por ciento. Si miramos las exportaciones, no hubo un boom exportador excepto por la liquidación de los stocks de granos y su venta externa que se dio en los primeros meses del año tras la devaluación.

El mayor problema, sin embargo, aparece cuando se analizan los ítems específicos de las importaciones. Ahí sí, a los casos conocidos de las importaciones de manzanas, naranjas y carne porcina, que afectan aún más la complicada situación de estos productores, se le agregan otros casos que merecen también la atención. Con una lechería que está en crisis, las importaciones de quesos crecieron en volumen, en el acumulado de los siete primeros meses, un 63 por ciento. En dólares, el incremento fue del 38 por ciento, lo cual también indica que la afectación a las ventas locales –por volumen de las compras– es mayor que el porcentaje de aumento en dólares. Algunos ítems dentro del rubro quesos, como los quesos de pasta semidura tuvieron un crecimiento de las importaciones del 459 por ciento en volumen. Cabe destacar, se trata de los productos con mayor valor agregado del complejo y por consiguiente que mejores precios pueden recibir. Del mismo complejo productivo, también es un síntoma que este año se importara manteca por primera vez en muchos años. El trasfondo de todo, es la pérdida de rentabilidad de la lechería por el incremento del precio del maíz y la ausencia de políticas que compensara efectivamente ese cambio.

Otro rubro que también debe destacarse es el de los productos elaborados del complejo triguero. El aumento de las importaciones del conjunto de los rubros como productos de panadería, galletas, galletas dulces fue del 178 por ciento, siempre en el acumulado de los primeros siete meses. Por un lado, se trata de productos con alto valor agregado, de mayor elaboración y que por lo tanto involucran empleos no solamente en las etapas primarias, sino industrial y de comercialización. Por otro, en estos rubros ocurrió algo especial en el último año: a la par que aumentaron las importaciones disminuyeron las exportaciones. Lo que ha ocurrido se puede ver con mayor detalle en relación con el comercio con Brasil: las importaciones desde ese país de estos productos crecieron este año un 59 por ciento en volumen, mientras que las exportaciones variaron también un 59 por ciento, sólo que disminuyeron. En consecuencia, el balance comercial en estos rubros con Brasil pasó de ser ligeramente superavitario a claramente deficitario. Algo similar ocurre en el rubro pastas.

Es cierto que en el agregado total el volumen de exportaciones agroalimentarias, contabilizando la soja y sus derivados es ampliamente superavitario. Pero el elevado monto de las exportaciones del complejo oleaginoso no puede ser una justificación para las importaciones de todos los otros productos. ¿Para el Ministerio de Agroindustria, y para el Gobierno en general, no debiera ser una clara preocupación que en esos rubros, de mayor valor agregado y generación de empleo, la balanza comercial sea deficitaria?