El camino de la dependencia: vuelve el FMI

Para el mes de septiembre está programada la visita de una misión del Fondo Monetario Internacional.  Para los millones de personas de menos de treinta años el FMI es sólo el nombre de un pasado, un organismo internacional con el que la Argentina dejó de tener relaciones hace diez años. Ello ocurrió cuando, al mismo tiempo que Brasil, pagamos los créditos que nos habían ido  otorgando (del orden de los 10.000 millones de dólares en ambos casos), liberándonos a un tiempo de la deuda y todas las condicionalidades que ello significaba sobre la política interna.

Toda esa extensa franja de la población – que no tuvo una experiencia directa de la acción del FMI – puede llegar a tomar la noticia de su próxima visita como un tema más, una instancia burocrática dentro del accionar del gobierno de Cambiemos. Pueden pensar  que tiene menos importancia que los temas candentes, como la inflación, el tarifazo, el aumento de la desocupación y tantos otros flagelos económicos que el plan económico de Macri produce.

Sin embargo no es así. El FMI es un órgano de dominación imperial y disciplinador de los gobiernos para que no se salgan de los carriles que los países centrales han asignado a los países periféricos.

Para qué y cómo se creó el FMI? Hay que remontarse al año 1944, cuando ya estaba claro que la Alemania Nazi iba a ser derrotada en la Segunda Guerra Mundial, y Estados Unidos emergería como la más importante potencia económica y militar. Estados Unidos organiza al mundo de posguerra con la imposición de un conjunto de organismos internacionales que no existían previamente. La pieza principal fue la creación de la Organización de las Naciones Unidas, que tenía como antecedente la Sociedad de las Naciones que impulsó el presidente norteamericano Woodrow Wilson al fin de la Primera Guerra Mundial, y que se terminó disolviendo cuando la presión de Inglaterra y Francia impusieron a la derrotada Alemania del Káiser Guillermo los draconianos términos de los acuerdos de Versalles.

Además de la ONU se crearon varias instituciones internacionales, en especial para ayudar a la reconstrucción de Europa, y en forma accesoria para ir reorganizando la economía internacional en su conjunto. Merecen destacarse el Banco de Reconstrucción y Fomento (más adelante Banco Mundial), el Fondo Monetario Internacional y luego la Ronda del Gatt (más adelante Organización Mundial de Comercio), entre un ramillete de nuevas organizaciones.

Estados Unidos se enfrentaba, como representante del conjunto de países centrales, a varias tareas en su nuevo rol de líder. Representaba el 50 % del Producto Bruto mundial por la disminución del producto de los países beligerantes, y la economía europea estaba prácticamente paralizada. La reconstrucción de Europa era la prioridad, tanto como lo era, en especial a partir de 1948 con la inauguración de la Guerra Fría, la oposición a todos los avances del comunismo en Europa y el resto del mundo. La tercera prioridad era devolver a la economía internacional las características liberales que había tenido hasta la primera guerra, el multilateralismo y ausencia de trabas  al comercio internacional, la desaparición gradual de los aranceles a mercaderías y más adelante a servicios, el pleno reconocimiento de los derechos de marcas y patentes, y en especial la libre circulación de capitales.

Estados Unidos, que había llegado a ser la economía más grande ya a principios del Siglo XX, (pero aun no la dominante)  lo había logrado gracias al proteccionismo arancelario, al igual que Alemania, en oposición a Gran Bretaña que abogaba por el libre comercio en la confianza de su superioridad industrial. Pero una vez que EEUU llegó a la cumbre “pateó la escalera” que le permitió llegar, para impedir que el resto lo haga, al decir del economista alemán List.

Esta tercera prioridad – el retorno al liberalismo de preguerras que se conoció como neoliberalismo – tuvo que esperar a que se cumpliera la primera (reconstrucción europea) y estuviera muy encaminada la segunda (desaparición del campo socialista).

La misión formal del FMI era la de asistir financieramente a los estados para estabilizar sus balances de pago, desquiciados con motivo de la guerra. Estados Unidos impuso sin miramientos su plan sobre la función del FMI (su representante en las negociaciones, Harry White, descartó el plan alternativo de John Maynard Keynes que representaba a Gran Bretaña). Las condiciones que imponía el FMI para recibir su ayuda determinaban fuertemente los grados de libertad de las políticas internas de los países que lo aceptaban. Europa no estaba en condiciones de discutir mucho, Japón menos. En los países en desarrollo las actitudes fueron variadas, y la Argentina, que había emergido como un país acreedor, bajo el gobierno del General Perón nunca aceptó formar parte de ese organismo.

Ello cambió con el golpe de estado de 1955 y ya en 1956 el gobierno militar de Aramburu, con el impulso que le diera el economista Raúl Prebisch, firmó el acuerdo, imponiendo “el retorno al coloniaje” como tituló Arturo Jauretche su libro-denuncia de ese plan. Ese fue el primero de un conjunto de acuerdos con el Fondo. Le siguieron el firmado por Arturo Frondizi, la negativa a firmar de Arturo Illía, el de Krieger Vasena, ministro de la dictadura de Onganía, el de Martínez de Hoz bajo la dictadura de Videla. Distinta fueron las actitudes bajo el gobierno de Alfonsín, cuyo primer ministro de Economía, Bernardo Grinspun se negó a aceptar condiciones lesivas a la soberanía. Las serias dificultades que enfrentaba el país y la inestabilidad económica desplazaron a Grinspun y fue el ministro Sourrouille el que terminó por acordar con el Fondo.

Es durante la presidencia de Menem y el ministerio de Domingo Cavallo que las relaciones con el Fondo se hicieron más estrechas, las “recomendaciones” cumplidas más a rajatabla. Los resultados fueron desastrosos. Culminaron con la liquidación del patrimonio estatal, el retraso cambiario que determinó la vertiginosa caída de la industria y la ocupación, el endeudamiento externo impagable que produjo el default de fin de 2001, y la crisis que la mega devaluación acentuó en 2002.

Cuáles son las condiciones que impone el FMI para otorgar sus créditos de estabilización del sector externo? Muy pocas, y siempre las mismas para todo país, independiente de su estado de desarrollo o nivel de desajuste externo: apertura comercial y financiera, desregulaciones de todo tipo, privatizaciones, ajuste fiscal, etc.  Al fin y al cabo no es una política para resolver los problemas del país en cuestión sino de ponerlo en caja  logrando que acepte los postulados básicos del liberalismo sin ninguna limitación. Una vez que Europa  se ha reconstruido, y 25 años que ha desaparecido el campo socialista, el objetivo de la potencia central y sus asociados es que el resto del mundo permita el libre movimiento de mercancías y capitales, aun cuando las condiciones en que esto se realice impidan el desarrollo de las fuerzas productivas de los países dependientes, condenándolos a la exportación de productos primarios y de baja elaboración. Es que la dependencia financiera es mucho más fuerte que la dependencia política formal que caracterizaba al imperialismo clásico con sus colonias. El Fondo es el garante del pago a los capitales privados, que transforman el endeudamiento en instrumento de presión para lograr el resto de las condiciones de la dependencia del capital externo.

En estas condiciones de serias limitaciones es que en Argentina asciende el gobierno de Néstor Kirchner en 2003, al tiempo que surgen un conjunto de gobiernos en Sudamérica que representa el sentir y las necesidades de las mayorías. La dinamización del comercio exterior y la suba de los precios internacionales de las commodities que produce nuestro subcontinente ayudaron sin dudas para el cumplimento de estas políticas, pero no fueron su determinante. Fue la voluntad política de algunos de los países que tuvieron ese beneficio lo que logró el fuerte crecimiento y la redistribución progresiva del ingreso, al tiempo que nos desendeudábamos y recuperábamos las herramientas de la independencia económica.

El gobierno de Néstor Kirchner no acordó con el FMI a pesar de la dificilísima situación en que nos encontrábamos. Se daba la paradoja que la situación social era pésima, pero, resultado del default y la mega devaluación, la situación de las finanzas públicas y externas era muy positiva. El default sacó la presión de los pagos externos. La caída de la actividad interna desplomó las importaciones y en 2002 el superávit comercial alcanzó los 16.600 millones de dólares. Luego la demanda internacional permitió mantener el superávit comercial sobre los 10.000 millones por año hasta el 2012, para desplomarse luego al compás de la caída de los precios internacionales y la crisis económica brasileña, procesos que continúan. Esos superávit durante tantos años fueron  la base del desendeudamiento y de desembarazarnos del Fondo, ganando independencia económica y bienestar para la población.

Ahora el gobierno de Cambiemos anuncia la visita del FMI.  Ello es parte de un plan en donde este gobierno, y la potencia hegemónica, se han propuesto desmantelar todos los avances en materia de soberanía política e independencia económica, junto a la justicia social, que se habían logrado en los doce años pasados.

El acuerdo que pretenderán firmar con el FMI es un eslabón más en la cadena de la dependencia. Importante pero no el único. Comenzará con un inocente acuerdo de intercambio de informaciones, seguido por las recomendaciones habituales y terminará en la propuesta de un plan de ajuste como condición para otorgarnos un crédito externo de estabilización de las reservas, a un costo inferior al que el país consigue de los especuladores financieros privados. Esa tasa de interés baja será el anzuelo que tratarán de hacer tragar a las mayorías para justificar los acuerdos a alcanzar.

El plan es claro. El gobierno de Cambiemos ha producido una recesión en forma deliberada, allí donde había dificultades pero no crisis. En los últimos años mantener un  crecimiento – aunque bajo – en un contexto internacional muy complicado fue todo un éxito. La desocupación no llegaba al 6 % por la acción deliberada del Estado y los sectores más relegados eran protegidos con políticas públicas ajustadas a las necesidades más acuciantes. La presente recesión programada – que a la población quieren vender como inevitable consecuencia de “la pesada herencia recibida”- se está llevando a cabo con la devaluación seguida por la eliminación y reducción de retenciones a las exportaciones,  la apertura irrestricta de las importaciones (incluidas las compras en el exterior puerta a puerta vía Internet) y de los movimientos de capital sin límites. Ello desató la inflación que decían venían a combatir, y ahora retroalimentan con el tarifazo que se juega en las audiencias que ordenó la Corte Suprema.  Primero vino el infame acuerdo con los buitres, luego el descomunal incremento del endeudamiento externo, incluido el de las provincias que fueron azuzadas por el gobierno central. Dólares que debemos de ahora en más  – a elevadas tasas de interés – sin que ninguno de esos  millones de dólares de nueva deuda tengan como contrapartida  las inversiones que necesitamos para mejorar infraestructuras o transformar el aparato industrial.

Más aun, la industria es el pato de la boda en esta fiesta de endeudamiento y enriquecimiento del sector financiero y una fracción de la actividad primaria. La apertura y la crisis programada ya están haciendo crujir a la industria, con la expulsión muy fuerte de mano de obra en sectores como los relacionados con la construcción, la metalmecánica (incluido el automotor) los electrodomésticos y tantos otros. Es que el plan del gobierno necesita de una desocupación que supere ampliamente el 9,3 % que ya reconoce el INDEC.

Sólo con una elevada desocupación piensa el gobierno que puede quebrar la capacidad de negociación de los sindicatos para que terminen por aceptar incrementos salariales cada vez más alejados de los incrementos de precios. Sólo con un “ejército de desocupados” es que las transferencias a favor de los sectores más concentrados se podrían consolidar y el triunfo de la derecha sería duradero. Dentro de este plan es que se inscribe el retorno del Fondo Monetario Internacional al país, junto con la propuesta de otros planes de dependencia como firmar los acuerdos del Tratado Trans Pacífico y el de Mercosur – Unión Europea, o aceptar la instalación de bases militares norteamericanas en Tierra del Fuego y la Triple Frontera.

Es por ello que los sectores populares y sus organizaciones políticas, sindicales y sociales tienen que oponerse fuertemente al retorno del FMI y sus planes de ajuste, así como a toda política contraria a los intereses nacionales. El camino de la dependencia es de los más difíciles de desandar. Nos llevó muchos años de esfuerzos durante los gobiernos populares desendeudarnos y curar las heridas de haberlos aceptado en el pasado. No repitamos el error.

Jorge Molinero