¿De qué hablamos cuando hablamos de pobreza?


 

El término “pobreza” hace referencia a un estado de privación: un grupo de personas que no puede satisfacer un mínimo nivel de vida. Pero la pobreza no es algo que exista per se, sino que es un concepto que nos permite dar cuenta de un conjunto de carencias que son consideradas como “intolerables” en una sociedad determinada en un momento dado del tiempo. Es por tal razón que no existe una pobreza “verdadera” o “concreta”: se trata de una abstracción.

Medir esa abstracción llamada “pobreza” requiere traducir ese concepto hacia una definición operacional, y ello implica una metodología. ¿Cómo y quién define concretamente cuál es el umbral mínimo a partir del cual tenemos una calidad de vida “decente”? Ese umbral mínimo, ¿se satisface cuando una persona ingiere X cantidad de calorías diarias para su reproducción biológica? Y esas calorías, ¿se ingieren bajo la modalidad de proteínas, grasas o carbohidratos? Y las proteínas, ¿se ingieren bajo la forma de pescado, pollo, lomo o espinazo? Las preguntas se multiplican: ¿hay que incluir en ese piso mínimo de dignidad a consumos no alimentarios, como vivienda, salud, educación, vestimenta o esparcimiento? Si es así, ¿cómo? La educación privada, ¿debiera ser contemplada a la hora de definir ese umbral mínimo de necesidades? ¿Y las vacaciones? Y al interior del rubro “vestimenta”, ¿es lo mismo ropa de marca que ropa genérica?

Las preguntas no son caprichosas. Muestran que en ningún lugar va a existir un “umbral mínimo” indiscutible de bienestar material. Cuando los distintos institutos de estadística del mundo definen ese umbral (las famosas “líneas de pobreza”) siempre incurren, por tanto, en cierta dosis de arbitrariedad. “Las líneas de pobreza son construcciones tan políticas como científicas,” dice Angus Deaton, premio Nobel en 2015. En eso sí que hay consenso.

Decir que el 32,2% de la población argentina es “pobre” significa entonces que casi un tercio de los argentinos no accede a consumir una canasta que determinadas personas (en este caso, técnicos del INDEC) definieron como “básica” a partir de ciertos criterios técnicos.

 El “umbral mínimo” de bienestar en la Argentina de Macri

La nueva medición de pobreza del INDEC se basa en una nueva canasta nunca usada antes en Argentina, y cuya materia prima son las Encuestas de Gasto de los Hogares de 1995/6 y 2004/5. La nueva canasta nacional también se nutre de canastas regionales (antes había primacía del Gran Buenos Aires) e introduce algunos cambios menores en los requisitos calóricos según edad y género (por ejemplo, estipula que los varones adultos consumen 2.750 calorías diarias contra 2.700 en la metodología vieja).

Es razonable actualizar canastas básicas cada cierto tiempo (de hecho, la que Argentina tuvo hasta ahora se basaba en hábitos de consumo de los ‘80), dado que los patrones de consumo de la población van cambiando. Sin embargo, la presentación de los datos por parte del INDEC tuvo una falencia muy importante: no dijo cuánto hubiera sido la tasa de pobreza con la canasta anterior. Esa omisión impidió comparar con años anteriores –por lo menos 2006, el último año de estadísticas oficiales fiables-. El Indec debió haber sido enfático: la actual medición de pobreza no es comparable con ninguna anterior.

No explicitar ese dato trae consecuencias importantes, como que por ejemplo diferentes actores políticos o periodistas extraigan – adrede o no – conclusiones equivocadas. No es cierto que Argentina tenga hoy la misma cantidad de pobres que en 2001, o que tengamos 20 puntos más de pobres que países como Chile, ni que el gobierno anterior haya generado una fábrica de pobres con términos del intercambio récord, ni que Macri haya creado 20 puntos de pobres en menos de un año. ¿Por qué? Porque cualquiera de esas comparaciones mezclan peras con manzanas.

El desastre estadístico de los últimos años abrió la puerta al cambio metodológico actual, pero eso no justifica la “viveza” de la conducción actual del Indec de no aclarar el cambio lo suficiente. Tal “viveza” se plasma en que se posiblemente se instaure más en el imaginario colectivo la idea de que el kirchnerismo aumentó la pobreza a partir de 2006, más que el hecho de que Macri la aumentó en sus primeros meses de gobierno.

La nueva canasta del INDEC es bastante más exigente que la antigua, tanto en lo que concierne a alimentos (ahora tenemos 57 ítems, antes 50; ahora hay 50 kg de comida, antes 45; asimismo, tenemos más peso de leche, frutas y verduras en desmedro de galletitas dulces o arroz, y se incorporaron alimentos como fiambres o hígado, por poner algunos ejemplos), como a los rubros no alimentarios (que pasaron de explicar el 54% de la canasta al 59%). En otras palabras, tenemos una canasta básica alimentaria (CBA) que es un poco más grande, y asimismo los componentes no alimentarios de la canasta básica total (CBT) son mucho más amplios.

Si tomamos la variación de los precios de alimentos y bebidas de San Luis (la provincia que más inflación reportó entre 2007-2016) entre diciembre de 2006 y agosto de 2016, tendríamos que la CBA tradicional para un “adulto equivalente” (esto es, para un varón de entre 30 y 60 años, que hace actividad física moderada y que por tanto ingiere 2750 calorías diarias) estaría en $1.581 en ese último mes, un 6% menos que los $1.675 reportados por el INDEC para la nueva canasta. Si hiciéramos lo mismo con la CBT, tendríamos respectivamente valores de $2.912 (vieja) y $4.042 (nueva), esto es, una brecha del 39%, generada en parte por una CBA más amplia pero sobre todo porque la nueva CBT incluye muchos más gastos no alimentarios. Si estos valores los lleváramos a una familia tipo, las CBT respectivas serían de $9.115 y $12.490[1]. De este modo, el cambio de metodología genera –según diversas estimaciones, como las de CIFRA-CTA, el especialista Diego Born o el Centro de Estudios Scalabrini Ortiz- entre 9 y 12 puntos más en la incidencia de la pobreza (esto es, entre 3.8 y 5.1 millones de personas), debido a los individuos que sí acceden a la CBT tradicional pero no a la nueva. Con la medición de la UCA, que se basa en la vieja CBT, la pobreza automáticamente pasaría del 34% al 43-46% (los valores de la UCA son más altos pues la muestra de hogares que encuestan sobrerrepresentan a los estratos de menores ingresos).

Peras con peras

La nueva CBT quedó como la más exigente de la región. Si usáramos la de Brasil, sería de $5642 para una familia tipo; la de Colombia, $6903; la de Perú $7568; la nueva de Chile $9028 (la anterior de este país, usada entre 1987-2014, era más acotada); la de Uruguay, $9227 y la de México, $9426. En contraste, si usáramos la CBT estadounidense la línea de pobreza sería de $27881 para una familia tipo. En este último caso, la pobreza argentina rondaría el 65%; si usáramos las canastas del resto de América Latina, estaría bien por debajo del 25%.

En el Gráfico 1 podemos ver cuánto sería la pobreza si todos los países midieran como lo hace Argentina hoy (teniendo en cuenta las diferencias de los niveles de precios existentes entre los países, es decir, la llamada paridad de poder adquisitivo). Argentina está hoy en una situación similar a la de Costa Rica o Turquía, en tanto que Uruguay es por lejos el mejor de la región (18,9%), lo cual es razonable, pues es uno de los de mayores ingresos per cápita y mayor igualdad. Chile estaría en torno al 28% -cifra similar a la de Argentina de 2013-, Brasil estaría en torno al 40%, México y China en torno al 65%, Rwanda e India en torno al 96% y República Democrática del Congo en el 99,9%. En contraste, en Suiza, Noruega, Alemania, Francia o Suecia estaría debajo del 2%, Estados Unidos en el 3%, Italia en el 6% y España en el 7%.

 

Gráfico 1

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Otro punto a tener en cuenta es cuál habría sido la pobreza pasada en Argentina si se hubiera usado la canasta actual (Gráfico 2). La primera medición oficial de pobreza data de 1974: con la nueva CBT de INDEC, en aquel año la pobreza habría orillado el 15%, la cifra más baja de toda la serie (y más baja que la que tiene hoy Uruguay). No es casual que aquel año también haya sido el de mayor PBI industrial per cápita de la historia. Desde entonces comenzó con una tendencia ascendente del nivel de pobreza que, salvo momentos puntuales, fue ininterrumpida hasta 2002, cuando ésta azotó al 67% de la población (cifra similar a la de Brasil, México o Colombia en esos años). Entre 2003 y 2006 hubo una baja muy pronunciada y luego una más atenuada (pero baja al fin) hasta 2013, cuando se llegó al 26% de la población. Las devaluaciones de 2014 y 2016 hicieron que hoy tengamos seis puntos más que hace tres años.

En el mismo Gráfico se muestra cómo evolucionó la pobreza en los tres países latinoamericanos más grandes (Brasil, México y Colombia), de haberse tomado la exigencia monetaria de la actual canasta del INDEC (lógicamente, a PPA). A modo de síntesis, nótese que Brasil empieza a bajar apreciablemente la pobreza a partir de 2004; en Colombia ocurre algo similar, aunque a un ritmo más moderado (ello ocurre porque si bien Colombia creció más que Brasil entre 2004-2014, fue mucho menos profundo en sus políticas redistributivas). México, por su parte, exhibe hoy niveles de pobreza similares a los de hace treinta años, mostrando las limitaciones en términos de desarrollo que implicaron las reformas estructurales iniciadas en los ‘80, plasmadas mayormente en la adhesión al GATT en 1986 primero y al NAFTA en 1994.

 

Gráfico 2
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Por último, en el Gráfico 3 mostramos las enormes diferencias que implica comparar peras con peras y peras con manzanas a la hora de medir la pobreza. En la línea azul tenemos la serie homogeneizada (es decir, tomando Encuesta Permanente de Hogares para todo el período y la canasta actual del INDEC; demás está decir que entre 2007-2015 se tomaron índices de inflación distintos a los oficiales –en este caso, IPC San Luis-), incluyendo la híper de 1989. En la línea roja (divulgada por comunicadores económicos influyentes como Maxi Montenegro o Fernando González de Clarín) se muestra cómo hubiera sido la pobreza de no hacerse los empalmes debidamente, esto es, a) tomando la vieja metodología del INDEC hasta 2006; b) tomando datos de UCA para 2007-2015, y c) tomando la nueva metodología del INDEC para 2016. Como se dijo anteriormente, la medición de UCA no es comparable con la del INDEC, ya que capta defectuosamente a los hogares más pudientes, lo cual termina sobrerrepresentando el nivel de la pobreza. En efecto, en abril la UCA señaló que la pobreza en Argentina fue del 34%, pero tomando la canasta básica tradicional. Con la nueva canasta del INDEC, la pobreza según UCA debiera superar holgadamente el 40%, como dijimos antes.

 

Gráfico 3

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En suma, en los últimos años, incluso ahora y con esta nota incluida, hemos dedicado mucho tiempo discutiendo la metodología, manipulada o no, con la que el país define los umbrales tolerables de bienestar. La discusión de fondo no es por el termómetro sino por las políticas que harán que, más allá de donde se establezca la línea, haga que menos argentinos vivan debajo de ella.

[1] En la CBT tradicional, la  familia tipo utilizada actualmente equivalía a 3,13 adultos equivalentes, en tanto que en la CBT nueva a 3,09. Sin este ajuste, la CBT vieja debería valer hoy $8.998.