Aprender del pasado

Las franjas etarias extremas (jóvenes y adultos mayores) registran mayores niveles de vulnerabilidad económico-social. En particular, la población juvenil más desamparada es rotulada como Ni- Ni (Ni estudian, ni trabajan).

La socióloga María del Carmen Feijoó explica en Los Ni-Ni: una visión mitológica de los jóvenes latinoamericanos que “la referencia a los jóvenes como Ni-Ni supone que serlo es una decisión de carácter personal. Lo es, en la decisión de dejar o seguir en la escuela o incorporarse al mercado de trabajo. Pero esta decisión se subordina a los ciclos de obligatoriedad escolar de los países, las necesidades propias o del hogar y las oportunidades del mercado de trabajo. Es decir que no hay decisión subjetiva al margen de las condiciones sociales propias de cada contexto” (Voces del Fénix Nro. 51).

En Argentina, un tercio de esos jóvenes son madres con hijos de muy baja edad. “Esto implica que son personas que desarrollan una actividad relevante para el hogar. Cuidan de sus hijos o de sus casas. Pero son rotuladas como que “no hacen nada”, esto no significa que no sea deseable que estas mujeres jóvenes dedicadas a las actividades domésticas estudien o tengan la posibilidad de acceder a un empleo de calidad. El aspecto que se quiere destacar es que estas jóvenes no responden a un rótulo negativo que habitualmente se le asigna a este colectivo”, explicaba Carlos Tomada cuando estaba al frente de la cartera laboral.

El término Ni-Ni deriva del inglés NEET (not in education, employment or training) utilizado por primera vez en 1999 en un informe oficial de la Unidad de Exclusión Social del Reino Unido.

Diez años más tarde, el diario El País retomó el concepto adaptándolo al contexto de la crisis española.

A partir de entonces, el vocablo se difundió rápidamente entre los países de habla hispana. A su vez, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) comenzó a estudiar el impacto global del fenómeno Ni-Ni-Ni (Ni trabaja, Ni estudia, Ni busca trabajar).

La investigadora Vanesa D’Alessandre abordó esa cuestión en su trabajo Adolescentes que no estudian, ni trabajan en América latina (Cuaderno 10 del SITEAL – Sistema de Información de Tendencias Educativas en América latina). Analizando las encuestas de hogares de 18 países latinoamericanos, D’Alessandre concluyó que el porcentaje promedio de adolescentes (15 a 17 años) y jóvenes (18 a 24 años) Ni-Ni asciende al 10,6 y 16,9 por ciento, respectivamente. Los valores son un poco más reducidos (8,4 y 13,3 por ciento) en el caso argentino.

Por su parte, la publicación Trabajo decente y juventud de la OIT señala que de los 108 millones de jóvenes de 15 a 24 años latinoamericanos, 37,2 millones solo estudia, 35,3 millones solo trabaja, 13,3 millones estudia y trabaja y 21,8 millones ni estudia ni trabaja.

El desempleo juvenil asciende al 19,1 por ciento en Argentina, triplicando el nivel general. Además, la precariedad laboral afecta al 59 por ciento de los jóvenes (casi el doble del promedio nacional).

El kirchnerismo se planteó una estrategia integral para abordar esa problemática que era mucho más grave luego de la crisis del 2001-2002. La recuperación del mercado laboral fue acompañada con un conjunto de medidas complementarias (Asignación Universal por Hijo, Plan Progresar, Plan Fines).

En la actualidad, el macrismo apuesta sus fichas al Régimen de Promoción del Primer Empleo Formal. La iniciativa propone una reducción decreciente de las contribuciones patronales durante tres años y el pago de subsidios para las empresas que incorporen personal. Ese camino ya fue ensayado en el menemismo con los resultados conocidos.

La generación de empleo está asociada a un desempeño virtuoso de la actividad económica. Los empresarios no van a contratar más empleados aunque les salga más barato si no pueden vender su producción. La década menemista es pródiga en lecciones para los que deseen aprender del pasado.

Diego Rubinzal