Para vos, lo peor, es la libertad (financiera)


El renovado ensayo de liberalización comercial y financiera, tercero en las últimas cuatro décadas, que venía agobiando a la actividad productiva al poco tiempo de haber arrancado, ya exhibe su fracaso inclusive en la esfera financiera. Como durante la última dictadura militar y la Convertibilidad, haber alejado al Estado de la regulación de los mercados está conduciendo a la economía al desastre. El desarrollo de los mercados financieros, favorecidos a partir de la introducción de las nuevas tecnologías y un comportamiento cada vez más voraz cuando pueden actuar sin restricciones, provocaron que, a pesar de haber contado con mucho más financiamiento externo que en los dos episodios anteriores, el modelo se agote bastante más rápido que sus predecesores.

El debate entre los economistas serios del establishment omite esta evidente relación reciente entre la aplicación de modelos de liberalización financiera y el colapso macroeconómico y se concentra hoy en la forma de administración de las tasas y de los agregados monetarios por parte del Banco Central. Lo que hasta hace poco eran solo elogios por la contracción del gasto público y la gradual y cautelosa reducción de tasas con una suave baja del dólar, ahora se critica porque, desde ese punto de vista, observan que la autoridad monetaria habría acelerado demasiado la reducción de tasas en los días previos al discurso de Macri y la contracción monetaria no habría sido suficiente, pese a que venía derivando en tasas de referencia superiores al 44% (cuando se salió del cepo se habían elevado hasta el 38%), con una inflación esperada por ellos mismo inferior al 32%. Es decir, retornos reales asegurados como no se obtienen en ningún otro mercado “emergente”.

En definitiva, lo que ocurrió fue una profundización del modelo que había llevado al país a la peor crisis desde la de 2001/2002. Una mínima revalorización internacional del dólar durante la semana pasada, combinada con el efecto de un discurso de batalla y plagado de inconsistencias e inclusive graves furcios por parte del Presidente Mauricio Macri en la apertura de las sesiones legislativas, fue suficiente para encender la mecha de otra corrida cambiaria que no está pudiendo ser contenida con el pobre margen de maniobra habilitado por el FMI. El mismo consiste básicamente en intervenciones, sin registros de disponibilidad pública, en el mercado de futuros del dólar (a pesar del procesamiento de los funcionarios del gobierno anterior por aplicar esa misma política económica) y en la abrupta suba de la tasa de interés de referencia (Leliq), captada en favor de los bancos.

Claramente, esos mecanismos de acción no son suficientes para compensar el desequilibrio enorme que generaron las actuales políticas. El diagnóstico fiscalista exhibido no se corresponde con el problema central de la economía nacional que pasa por el agravamiento del déficit de cuenta corriente que habrá registrado en 2018 su máximo histórico, superando el equivalente al 6,5% PBIcon una muy alta probabilidad (el dato se conocerá el próximo 26 de marzo). Desde la concepción teórica del FMI y del interés de los acreedores financieros que promueve, ese desbalance debe ser corregido por una devaluación suficientemente fuerte que permita una contracción del consumo y, por ende, de las importaciones y, a la vez, genere un saldo exportable superior.

En esa dirección, el discurso de Macri generó una importante contradicción. Reiteró que la reducción del déficit fiscal es la solución a los más importantes problemas macroeconómicos del país, pero, al mismo tiempo, decidió adelantar los aumentos programados de la Asignación Universal por Hijo. Es muy posible que la medida no haya caído bien entre los operadores del sector financiero que esperan que el Gobierno asigne crecientes recursos al pago de deuda.

Otro factor relevante que provoca la nueva oleada de inestabilidad y reacción negativa por parte de los bancos fue la limitación del negocio de las Leliqs, pautada escalonadamente con un tope final máximo equivalente al 65% de los depósitos de cada entidad financiera que regirá plenamente desde fines de abril. Justo, a partir de la publicación de esa decisión el 8 de febrero pasado, comenzaron a registrarse importantes cambios en la tendencia de variables financieras clave: la tasa de interés por plazos fijos comenzó a recortarse mucho más aceleradamente que la de las leliqs y el dólar y el Riesgo País iniciaron un incipiente recorrido ascendente. De esta forma, la tasa mensual de los plazos fijos terminó quedando, por primera vez desde la llamada “tormenta”, iniciada en abril pasado, muy por debajo de la tasa de inflación esperada y la brecha entre las tasas de leliqs y las de depósitos a plazo se expandió desde 12 puntos en enero pasado a los actuales 25 puntos. En ese escenario, los plazos fijos en pesos desde febrero comenzaron a caer en términos reales (descontada la inflación o la tasa de interés) y, en los últimos días, ya empezaron a bajar directamente en valores corrientes. Lógicamente, ante la incertidumbre y la pérdida de poder de compra, buscan refugio en el dólar. Y, como lo bancos trasladan mínimamente la suba de tasa de leliqs a las de plazos fijos, el único recurso fuerte de regulación del mercado cambiario pierde vigor.

No obstante, de fondo, el problema no es tasa versus dólar. La incongruencia es mucho mayor, estamos, de vuelta, ante un modelo de vaciamiento financiero que golpea a una velocidad nunca antes vista a la producción.


Publicado en Diario BAE