El karma de la deuda


Una de las principales herencias económicas del kirchnerismo fue el muy bajo endeudamiento externo, un panorama que invita a contradicciones. Por ejemplo, no haber aprovechado el desendeudamiento que el mismo modelo nacional–popular generó, situación que contribuyó al freno relativo del crecimiento de la última etapa. Debe insistirse, no obstante, en que siempre es más fácil describir los errores a posteriori y fuera de las tensiones de la coyuntura, pero nada le habría impedido al kirchnerismo recurrir a un adicional de carry trade y colocación de deuda. Es verdad que existió un boicot relativo del establishment financiero internacional que se expresó en el llamado “default selectivo” post fallos buitre, pero también es un dato que existían recursos financieros disponibles y que el anterior gobierno optó por no tomarlos. Dilemas del decisor e historia contrafáctica.

El endeudamiento heredado por la gestión macrista, entonces, fue realmente bajo y lo sigue siendo aun incluyendo los “pendientes”, léase el pago a los buitres y todo el resto posible de contingencias judiciales. Con toda la furia, la deuda total y las contingencias siguen en el presente y después de sumar casi 100 mil millones de dólares adicionales, en torno a los 40 puntos del PIB. No existe economista en el mundo que diga que una deuda en divisas por debajo de los 50 puntos del Producto sea un problema serio, lo que de ninguna manera significa que sea deseable.

Gabriel Martino, el presidente local del HSBC, el principal banco colocador de deuda de la argentina macrista, lo destacó esta semana en un comprensivo reportaje radial. Con interés profesional y sinceridad de banquero calculó que el país podría endeudarse todavía “15 o 20 puntos más (del PIB) sin problemas”. Es decir no habría problemas en llevarla a 60 puntos del PIB. En rigor, es lo mismo que piensan quienes conducen la economía de Cambiemos. A ojo de buen cubero, considerando que el PIB local ronda los 550.000 millones de dólares según el Banco Mundial, la deuda podría aumentar en alrededor de 150 mil millones adicionales sin que la carga se vuelva inmanejable. Si se hace una proyección aritmética simple ello querría decir que el gobierno podría mantener el actual ritmo de endeudamiento por al menos casi 3 años más dependiendo de los plazos de las nuevas colocaciones, un cheque de estabilidad política hasta el final del mandato si lo combina con algunas condiciones extra, por ejemplo mantener controlado el animal spirit del ajuste, lo que no se consiguió en 2016, pero sí en el electoral 2017, con la obra pública y la Construcción tirando del carro.

De todas maneras, aunque permanezca abierta la condición de sustentabilidad de mediano plazo brindada por el margen de endeudamiento, al mismo tiempo se profundizan las condiciones de insustentabilidad sistémica. La pregunta que está por detrás de tomar deuda es siempre el “¿para qué?” La respuesta del presente es que Argentina necesita endeudarse para financiar el déficit de la cuenta corriente de su balance de pagos, una foto siempre a mano de la estructura productiva y su inserción internacional. La pregunta que sigue es si la deuda que se toma sirve o no para subsanar o reducir a futuro dicho déficit que hoy aparece como estructural. Es aquí donde reside la verdadera sustentabilidad del modelo, la endógena, la que no depende de la voluntad del resto del mundo de seguir financiando el nuevo experimento neoliberal.

Los números del intercambio comercial conocidos esta semana mostraron que en los 7 primeros meses del año se acumuló un déficit comercial de 3428 millones de dólares. En un contexto de leve deterioro de los términos del intercambio, las exportaciones sumaron 33.287 millones de dólares y las importaciones 36.715 millones. Las ventas al exterior muestran un crecimiento interanual del 1,4 por ciento y las compras del 15,4 y acelerando (29,9 por ciento interanual en julio). Lo que se observa a grandes rasgos es un estancamiento relativo de las exportaciones en los últimos tres años y un aumento de las importaciones muy fuerte en los últimos 18 meses. Abriendo el paquete importador está lo de siempre, bienes de capital, insumos, vehículos y bienes de consumo. Debe recordarse que solamente en el primer trimestre del año la Cuenta Corriente mostró un déficit de 6871 millones de dólares, de los que sólo 500 millones fueron déficit comercial. Los números ya conocidos del intercambio comercial hasta julio, sólo una de las cuentas de la cuenta corriente, permiten adelantar una sorpresa desagradable cuando el 27 de septiembre próximo el Indec difunda los datos del Balance de Pagos del segundo trimestre.

La descripción sobre el comportamiento del intercambio comercial y el esperable de la Cuenta Corriente no es rutinaria, sino que hace a la raíz del modelo macrista. Aumentan tendencial y aceleradamente las necesidades de endeudamiento, a la vez que se estanca la generación de dólares “genuinos”. Todo esto sin meter en el medio la estrategia ficcional de la “dominancia monetaria”, es decir de financiar déficit en pesos con deuda en divisas. En estos números reside la insustentabilidad sistémica que por ahora se sostiene acudiendo al endeudamiento y a la estimulación de la entrada de capitales. Algo que según el presidente del HSBC y los economistas del gobierno o cercanos a él podría aguantar todavía unos años más. La pregunta inicial del “¿para qué?” lleva entonces a otras nuevas que nadie parece hacerse: ¿qué tipo de economía será la que exista cuando la deuda externa comience a acercarse a los 350 mil millones de dólares sin que se haya transformado la estructura productiva para su repago? ¿Cómo se financiarán los pasivos del modelo que hoy se festeja?

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