Leche vs Lebac


Cosas sorprendentes, lindantes con el surrealismo, escuchamos todos los días. El asombro adquiere mayor trascendencia porque muchas de ellas provienen de la boca de altos funcionarios de gobierno.

En el caso sobre el que les quiero llamar la atención en esta nota no se trata ya de proyecciones trasnochadas sobre el rumbo de la economía que no resisten la más mínima comparación con la realidad efectiva. Se trata de la vicepresidenta de la Nación haciendo consideraciones, en esta entrevista radial, para las cuales, luego de pensar un rato largo, sigo sin encontrar un calificativo que se ajuste a la dimensión de su desatino.

A Michetti le plantean el desplome en el consumo de leche, un indicador que -a riesgo de aburrir, voy a repetir una vez más- cristaliza como pocos la dramática situación que atraviesan millones de familias argentinas. Ya vamos a la respuesta de la vicepresidenta. Pero antes, detengámonos sobre lo obvio. Porque, a juzgar por las declaraciones de Gabriela Michetti, lo que es obvio para muchos, no lo es para todos.

En economía nos referimos a bienes inelásticos o cuya demanda es inelástica. Inelástica con respecto a los precios. ¿Qué significa eso? Que, más allá de los incrementos en los precios de esos bienes, su demanda se mantiene. ¿Por qué se produce ese fenómeno? Porque son bienes esenciales, bienes que las personas consideran necesarios y de los que no pueden prescindir a pesar de que sus precios se disparen, por lo que dejarán de consumir otros bienes y servicios menos imprescindibles para mantener su consumo. Este es el caso de la leche.

Pensemos un segundo (y con una mano sobre el corazón): ¿dejaríamos de comprar la leche a nuestros hijos para llenar sus mamaderas con té? ¿en qué circunstancias, en qué extremos de carencia deberíamos encontrarnos para tomar una decisión de esa naturaleza? 

Volvamos sobre la respuesta de Gabriela Michetti, ante la consulta periodística: “parte de ese consumo que se iba en cosas más superficiales o más pequeñas en términos de lo que significan para la vida pase a ser un consumo que tenga que ver con la inversión en una casa”, sostiene, entre otras cosas, la vicepresidenta de la Nación.

Hace ya varios días que los funcionarios del gobierno salieron a justificar la caída del consumo, desde una hipótesis que afirma que esta caída obedece no a la pauperización de la calidad de vida de los argentinos derivada de la pérdida de capacidad adquisitiva que generaron las políticas oficiales, sino a una decisión basada en la “sustitución” de consumo por ahorro.

La hipótesis oficial es que las altas tasas ofrecidas por el Banco Central para la especulación financiera impulsan a los argentinos a dejar de consumir para adquirir Lebac. En la versión remozada, las Lebac son reemplazadas por créditos hipotecarios.

Frente a semejante idea, uno tiene la tentación de meterse en la cabeza de esta gente que ocupa el gobierno para indagar si es un ejercicio de puro cinismo o, en todo caso, de un desapego de la realidad difícil de conmensurar. En todo caso, cualquiera fuera la situación, resulta igualmente grave, máxime habida cuenta del lugar institucional del que tales afirmaciones provienen.

Sin embargo, me gustaría hacer algunas reflexiones:

  • La tasa de inflación general fue 41% en 2016. No obstante, es falso que esa haya sido la tasa de inflación para todos y cada uno de los argentinos. De hecho, la evolución de los precios de cada uno de los rubros que componen la canasta de consumo así como el peso de esos distintos rubros en las distintas canastas nos permiten saber que, para los sectores que mayor proporción de sus ingresos destinan a alimentos y bebidas, gastos de vivienda (incluido el pago de los servicios básicos como la luz, el gas y el agua) y gastos de transporte, la inflación superó en unos 10 puntos a la tasa general. Es decir que, entre los sectores populares, los trabajadores de más bajos ingresos, los cuentapropistas, los trabajadores que se desempeñan en sectores informales, la inflación fue mayor.
  • El mismo fenómeno sigue presente en 2017. Así, por ejemplo, mientras la tasa de inflación de abril fue del 2,6%, el incremento del valor de la canasta básica (aquella que separa entre pobres y no pobres a los que no tienen ingresos suficientes para adquirirla o sí) fue del 2,91%. O sea, los precios de los alimentos y bebidas y los servicios básicos siguen evolucionando por encima de los precios de otros bienes y servicios menos necesarios.
  • Las paritarias cerraron, en 2016, en un promedio cercano al 30%. Sin embargo, para aquellos trabajadores que se desempeñan en la informalidad, los incrementos salariales se ubicaron por debajo del promedio. Por lo que, para estos sectores, que se corresponden con los de menores ingresos, la caída real de sus salarios y la pérdida de poder adquisitivo fue mayor. Mención aparte, por supuesto, para los cientos de miles de argentinos que perdieron sus empleos y, con ellos, el 100% de sus ingresos.
  • El escenario de pérdida de poder adquisitivo también se mantiene en 2017. Mientras la inflación anualizada hoy se proyecta en 29%, el gobierno busca imponer una pauta salarial que va del 18 al 20% y sugiere que acudirá a la reunión del Consejo del Salario Mínimo, Vital y Móvil (SMVM), con las metas de inflación como norma, es decir 17% como techo. Como se sabe, el SMVM, suele operar como guía de la evolución de los salarios de los trabajadores informales que podrían, incluso, perder más, en un escenario de deterioro del mercado de trabajo con el desempleo actuando como disciplinador.
  • De acuerdo con los datos del Sistema Integrado Previsional Argentino (SIPA) el salario promedio registrado (sobre una base de 9,8 millones de aportantes) es de $23.900. De nuevo, se trata de un promedio que omite reflejar que un número mayoritario de trabajadores gana bastante por debajo de ese monto, en tanto una porción más pequeña, ubicada en la cima de la pirámide salarial, gana bastante por encima del promedio. Huelga decir que se trata del promedio registrado y que, por ello, el promedio general, si incorporásemos los salarios de los trabajadores informales, que representan más del 35% del total, sería bastante menor.
  • El costo de la canasta básica, que calculó el INDEC para el mes de abril, se ubicó por encima de los $ 14.500, para una familia tipo. Es decir que, descontada la canasta básica, a un salario promedio registrado, le restarían $9400 (U$S 576 al tipo de cambio de $16,3).
  • Para operar con Lebac, los especialistas consideran que el monto mínimo a invertir debe ser de entre $ 20.000 y $ 50.000Aunque la mayoría estima que lo ideal es arrancar desde $ 100.000, debiendo considerarse los costos de mantenimiento de la cuenta comitente y las comisiones que cobran los operadores financieros (entre 0,5 y 1% del total invertido). En buen romance: a una familia con un salario promedio, no le queda resto para comprar Lebac.
  • De acuerdo con el último informe del Banco Central, en abril “las compras de billetes por US$ 2.065 millones fueron concretadas por unos 760.000 clientes (personas humanas y jurídicas), nivel de clientes que desciende por cuarto mes consecutivo y que representa el mínimo de los últimos cinco meses”. Además, “el 47% de las compras fueron por importes de hasta US$ 10.000, el 20% entre US$ 10.000 y US$ 50.000, el 19% entre US$ 50.000 y US$ 500.000, el 6% entre US$ 500.000 y US$ 2 millones, el 3% entre US$ 2 millones y US$ 5 millones y el 5% restante del monto total fue concertado por clientes con compras mensuales superiores a US$ 5 millones”. Es decir, apenas una 350.000 personas (en rigor menos, porque en el total están contempladas las personas jurídicas -empresas-) compraron hasta U$S 10.000, o sea $163.000, largamente por encima de los $9.400 pesos que le quedan al salario promedio registrado descontada la canasta básica. Los otros 410.000 que compraron dólares lo hicieron por montos todavía superiores.
  • Considerando un departamento de U$S 100.000, en el caso de los créditos hipotecarios que otorga el Banco Nación, además de disponer del 20% (U$S 20.000), para obtener un crédito por U$S 80.000 es necesario contar con un ingreso mínimo aproximado de $70.000 mensuales demostrables, es decir más de $ 46.000 por encima del salario promedio registrado.

 

¿Qué conclusiones surgen de todo esto? Sencillamente que los argentinos que “ahorran” o especulan con moneda extranjera o en el mercado financiero no son los mismos que “consumen”. Los 760.000 que compran dólares representan menos del 1,7% de la población argentina. Los que operan con Lebac son aquella minoría que se ubica en la cima de la pirámide de ingresos. En ambos casos se trata de la minoría más rica de la población que mejoró su participación en el ingreso nacional desde que asumió Mauricio Macri cuando todos los demás perdieron. Igualmente, apenas una pequeña porción de trabajadores de altos ingresos puede acceder a los créditos hipotecarios.

Por lo tanto, señora vicepresidenta, señores del gobierno de Cambiemos: la enorme mayoría de argentinos y argentinas afectados por sus políticas que explican el descomunal desplome del consumo, incluso en aquellos rubros tan sensibles como los alimentos y en bienes de primerísima necesidad, como la leche, no son los mismos que integran la pequeña proporción de privilegiados que especulan en el mercado cambiario o financiero o que tienen la gracia de poder acceder a un crédito