La impactante movilización de los trabajadores sobrepasó la capacidad de respuesta de la conducción sindical


El día pintaba histórico desde la mañana. Cuando se acercaba el mediodía, cientos de miles de argentinos que se iban acercando a la 9 de Julio, algunos desde muy lejos, compartían las crónicas emocionadas ante la incredulidad de los ojos. Los mensajes de texto, de voz, las fotos, los comentarios en las redes, obligaron a esta cronista a reforzar la carga de la batería del teléfono bastante más que lo habitual.

Las impresiones eran compartidas: caravanas y caravanas de autos y colectivos repletos de gente que se detenían, además, en los semáforos, a cargar a otras personas y familias ansiosas por llegar, desde cada punto cardinal de la provincia de Buenos Aires, a la fiesta popular. Más otros tantos que llegaron a la Capital desde el interior, desde las provincias, para participar de ese martes de unidad de los argentinos en defensa del trabajo.

Y -hay que decirlo- a pesar de que el motivo unificador de la multitudinaria manifestación estaba cargado de connotaciones negativas que se condensaban en el impactante y ensordecedor rechazo al gobierno de Mauricio Macri y las políticas que repusieron la desocupación, la pobreza y la desigualdad en la Argentina, la calle era una fiesta. Las 700 mil personas que contabilizaron los organizadores o, de mínima, las 400 o 500 mil que llenaron largas cuadras a través de la Avenida 9 de Julio, hasta Avenida de Mayo y, de allí, avanzando hacia la Plaza, estaban gozosas de ser protagonistas de una gesta que el gobierno, más allá del marketing del discurso público, no puede desconocer.

La marcha había sido convocada por la CGT, pero se sumaron las dos CTA, las organizaciones sociales y políticas, entre ellas la Tupac Amaru de Milagro Sala y las Madres de Plaza de Mayo e, incluso, las de empresarios nacionales. Sin embargo, los trabajadores argentinos movilizados demostraron que eran los verdaderos protagonistas de la jornada y que la organización y las ganas de estar venían de muy atrás y de muy lejos, excediendo largamente los marcos “orgánicos” aportados por los convocantes.

Las organizaciones políticas del campo popular tampoco faltaron, marcando con nitidez el abismo que las separa del macrismo y de cualquiera otra expresión criolla del neoliberalismo. No se vio a ningún aliado dador de gobernabilidad pulular la zona. El peronismo volvía a tomar la calle. Y el kirchnerismo, como versión actual del histórico movimiento, dejaba claro, por presencia, que es la auténtica oposición política a Cambiemos, tal como lo reconoció pocos días atrás Emilio Monzó (titular de la Cámara de Diputados y dirigente de Cambiemos) en una entrevista en el canal TN del grupo Clarín. La Cámpora, por caso, volvió a mostrar una columna importante -sino la más- que marchó desde la 9 de Julio, aunque no llegó a la Plaza ni mucho menos al palco, apostado sobre el Ministerio de Producción. Para cuando la nutrida columna -que encabezaban, entre otros, Héctor Recalde, Andrés “Cuervo” Larroque, Axel Kicillof, Mariano Recalde, Agustín Rossi, Mayra Mendoza, Pepe Sbatella, Oscar Parrilli- llegó a la esquina de Perú, el acto, que fue sorpresivamente adelantado una hora (se esperaba a las 16 pero comenzó a las 15 y duró breve media hora), ya había concluido y la columna dobló por Perú para emprender la desconcentración.

Más adelante estaban las bases de los diferentes gremios que sí habían entrado a la Plaza, desbordándola hasta el Ministerio de Producción. En la zona del palco destacaban la UOM, Sanidad, Dragado y Balizamiento, Comercio, UPCN y Camioneros. Estos últimos, además, a cargo de la seguridad del palco.

La expectativa de los laburantes estaba cantada. Tanto que en la jornada de ayer, durante el acto que cerró la impresionante marcha de los docentes frente al Palacio Pizzurno, le arrancaron un “compromiso” de paro general a Carlos Acuña que ofició como uno de los oradores y que ante el reclamo de la multitud debió interrumpir su discurso para tranquilizar con un “en cuanto al paro general… quédense tranquilos”. Atento a ese antecedente no llama la atención que el discurso deslactosado y la falta de precisión sobre la convocatoria efectiva a un paro general, con fecha clara, agotara la paciencia de las bases sindicales de todos los gremios que rodeaban el palco. Por cierto, hasta las consignas que se cantaron calentando la tarde, hablaban de lo mismo: además del “oh, vamos a volver”, la que sonó a repetición fue “paro general de los trabajadores”.

A poco de arrancar con su discurso, Carlos Acuña, titular del gremio de Estacioneros, enfatizó la vocación del diálogo de la CGT, despertando los primeros descontentos entre las columnas de trabajadores que emitieron los primeros silbidos de la jornada. Cuando le llegó el turno de hablar al secretario General de la Confederación Argentina de Trabajadores de Transporte, Juan Carlos Schmid, sostuvo que “no estamos aquí para dilatar nuestra propuesta: venimos a anunciar que habrá medidas de fuerza en la Argentina antes de fin de mes”. Pero la falta de fecha hizo que las bases reclamaran más, al ritmo de un sonoro: “ponele fecha, la puta que te parió”. Por último, habló Héctor Daer que con su sinuosa indefinición, empeoró los ánimos. Daer sostuvo que “vinimos hasta acá a decirle al gobierno que si no hay rectificaciones, habrá paro…”. Las columnas sindicales del frente se desbordaron. Héctor Daer, que había recibido abucheaos, gritos y silbidos, llamó a desconcentrar y en menos de lo canta un gallo el triunvirato cegetista se retiró del escenario, entre los empujones y gritos de descontento que los tildaban de “traidores”, “corruptos” y otras linduras. Se refugiaron en la sede de Comercio, escapando del malhumor de sus propias bases. Tampoco la pasó bien Pablo Moyano, titular de Camioneros -a cargo de la seguridad del palco, como ya se señaló- que protagonizó algunos forcejeos sobre el final del acto.

Pero el hecho nuclear, el hito político seguía estando en las calles. En las cuadras y cuadras de argentinos y argentinas que marchaban alegres en defensa de sus derechos y de esos estandartes sagrados sobre los que se edificó el más importante movimiento político de la historia nacional del último siglo y del presente: el trabajo y el salario. Cientos de miles que continuaron su marcha sin llegar a escuchar siquiera los discursos del triunvirato y que se enteraron de los incidentes del final un rato largo después de que todo había pasado, por el boca a boca o, simplemente, cuando llegaron a sus casas y escucharon la crónica periodística que desvió el foco hacia a lo accesorio.

Para el gobierno, para la dirigencia sindical y para la dirigencia política toda, el mensaje fue contundente. La masividad del rechazo a las políticas oficiales resonó ayer, resonó hoy y volverá a resonar mañana. Los trabajadores y las trabajadoras han tomado en sus manos el barro de la historia y están, con él, decididos a amasarse un futuro para sí. Con los dirigentes a la cabeza. O con la cabeza de los dirigentes. Y el que quiere oir que oiga. Se medirán, ahora, frente a ese pueblo y frente a la historia, las estaturas de cada quien.