Elogio del Populismo


Caracterizar a los populismos no es tarea sencilla ni neutral. Al definirlos, al destacar algunos aspectos por sobre otros, en definitiva, al nombrarlos, se está implícitamente enunciando cuáles son sus posibilidades y sus límites.

Algunos autores enfatizan de los movimientos nacionales y populares la presencia de un liderazgo claro y definido, la movilización de masas populares que conforman una coalición policlasista (sectores bajos y medios con fuerte sentimiento anti-status quo), la apelación al pueblo como conjunto social homogéneo y depositario de valores positivos.

La presencia de la movilización popular trae interpretaciones encontradas en tanto y en cuanto algunos la ven como una movilización temprana, que no puede canalizarse a través de la estructura política y por lo tanto manipulable por quienes la lideran, y otros la destacan como un conjunto antagónico de interpelaciones populares y democráticas respecto de la ideología dominante que puede canalizarse de distintas formas y casos concretos.

En tanto proyecto socio-económico, los populismos son caracterizados, en especial en Argentina, como respuesta a la crisis del modelo agroexportador y del Estado oligárquico asociado a tal modelo. En este sentido se impulsa una industrialización orientada al mercado interno, basada en la sustitución de importaciones, creciente intervención estatal, nacionalización de sectores básicos de la economía y políticas redistributivas que, al tiempo que reconocen derechos a los sectores populares aumentan los ingresos de consumidores que motorizan el mercado interno.

En este sentido, el discurso populista en tanto nacional, antiimperialista, antioligárquico y desarrollista, sería la materialización de una alianza de clases, la burguesía nacional industrial y las clases populares movilizadas. En este último aspecto también existen distintas interpretaciones en cuyos extremos se encuentran quienes sostienen que tal alianza o coalición de clases es posible y puede ser duradera, por un lado; y, quienes piensan que sólo representa intereses comunes coyunturales, que a la larga los intereses conflictivos y contradictorios (trabajadores versus burguesía) prevalecen y destruyen la alianza.

Argumentos

Los populismos son atacados con un cúmulo de argumentos presentados, por quienes los sostienen y difunden, como certezas y verdades inevitables más cercanas a las ciencias naturales que a las ciencias sociales. En este sentido, todas las derechas como algunas izquierdas participan del festín del mismo modo.

Las derecha conservadora, exacerbando algunos de los aspectos antes mencionados sostiene que los populismos son proyectos autoritarios, que no respetan las libertades individuales, se alimentan y se nutren de un aparato estatal que ellos mismo corrompen y perpetúan la pobreza porque necesitan del clientelismo político para sostenerse en el poder.

La derecha neoliberal por su lado, apoyándose en el discurso conservador, destaca que la macroeconomía populista siempre termina perjudicando a quien dice ayudar, dado que sus políticas sociales y redistribucionistas se sustentan en no respetar los equilibrios macroeconómicos monetarios, fiscales, cambiarios y de comercio exterior, provocando en el mediano plaza inflación, devaluación y recesión.

Ambas, sin embargo, suelen utilizar ciertas dosis de las llamadas políticas populistas (suelen decir “a favor de la gente” dado que no se han podido apropiar del la palabra “pueblo” como si lo han hecho con otras, como por ejemplo, “república”) en busca de gobernabilidad cuando se encuentran en el poder. Otras derechas, como sucede en los Estados Unidos en la actualidad, utilizan al desarrollo del mercado interno, el proteccionismo y la defensa del trabajo como mascaron de proa de ideologías xenófobas, discriminatorias e imperialistas.

Lucha de clases

Algunas izquierdas no se quedan atrás con sus certezas. Ya sean los populismos pensados desde la lógica de la lucha de clases o como reformismos, sostienen con envidiable exactitud, que están destinados al fracaso. En el mediano plazo no es posible sostener una alianza de clases cuyos intereses están basados en la contradicción básica del sistema capitalista (relación capital–trabajo) por lo que la burguesía, sea esta nacional o extranjera, termina siendo (lo que siempre fue) sólo burguesía y le da la espalda a la clase trabajadora. Del mismo modo, las políticas sociales y de redistribución de los populismos al no tocar las bases del sistema capitalista, es decir la propiedad privada de los medios de producción, se queda a mitad de camino y las propias tensiones provenientes de una estructura productiva dependiente termina por provocar las crisis con las que indefectiblemente terminan. Seguramente habrá, aunque lejos de los determinismos que proponen ambas visiones, aspectos de sendas críticas que servirán para repensar los proyectos políticos populares, y hacerlos cada vez más populares.

Las certezas que nos presentan las derechas y algunas izquierdas que, en sus visiones extremas sólo ofrecen como alternativa a los populismos el ajuste permanente o la revolución armada, piensan a los populismos, sin afirmarlo por cierto, como proyectos políticos “empaquetados”  diseñados “para” un pueblo que sólo espera pasivamente.

Proyectos

En realidad los proyectos políticos son fundamentalmente procesos históricos en donde las luchas sociales, los intereses de los distintos sectores, sus respectivos proyectos e ideologías, las relaciones de fuerza que en cada momento se presenten son parte constitutiva de los mismos y no “puro contexto”. El progresivo aumento de la politización y la participación de las clases subalternas es condición necesaria, aunque no suficiente, para la construcción de un populismo cada vez más popular.

El kirchnerismo, el Partido de los Trabajadores de Brasil, el chavismo, la Revolución Ciudadana ecuatoriana o el Movimiento al Socialismo en Bolivia, entre otros proyectos populistas, no son la mera reiteración de los movimientos populares del siglo XX (varguismo, cardenismo y peronismo) sino que, muy por el contrario, son la recreación (crear de nuevo) de esas y otras experiencias que han dado la disputa, con aciertos, errores y distintos grados de profundidad, por una sociedad cada vez más justa, hacia el lado de las y los más débiles. Han construido, desde sus propias historias y con disímiles herramientas, sociedades más democráticas y justas que las que recibieron.

Los proyectos populistas, sabiendo que la historia no está escrita de antemano, son alternativas concretas, que pretenden disputar poder real, discursiva y materialmente, y usarlo para reconocer y hacer efectivos los derechos de todas y todos. No son las certezas, de las que otros se enorgullecen y gozando de buena prensa inundan los medios masivos de comunicación, las que motorizan a los populismos sino los grises, las tensiones y las incertidumbres de la historia en las que se ancla ese mundo posible, justo y ético, que todavía espera ser construido.