Fiesta para pocos


El candidato presidencial de Cambiemos sostenía en campaña electoral que no haber dejado “crecer al campo” era una de las causas de la pobreza. El sector rural es el “primer gran motor de la Argentina”, agregaba Mauricio Macri. En esa línea, uno de sus primeros anuncios fue la eliminación de retenciones al trigo, maíz, sorgo, carne y pesca y la reducción de cinco puntos para la soja (del 35 al 30 por ciento). El diagnóstico oficial fue que esa medida produciría una “liberación de las fuerzas productivas”. El resultado final sería incremento de la producción y empleo. El CEO de Monsanto pronosticó que la baja de retenciones provocaría un aumento de la producción del 50 por ciento. Por su parte, el secretario general de la Uatre, Gerónimo “Momo” Venegas, declaró que “el campo va a crear dos millones de puestos de trabajo en la inmediatez”.

El economista Matías Kulfas sostiene en La economía argentina al cierre del 2016. Un año de gobierno de Mauricio Macri que “la realidad ha sido diferente: las economías regionales continúan en crisis, hubo una reacción moderada en la inversión que no compensa en absoluto la caída de otros sectores y no se crearon empleos directos, sino que hubo una caída de más de 2000 puestos de trabajo en el sector primario en septiembre de 2016 contra septiembre de 2015”.

Las últimas estimaciones acerca del crecimiento del área sembrada en la cosecha 2016/2017 (+3,23 por ciento) son muy inferiores a los pronósticos del presidente de la Sociedad Rural Argentina (SRA). En ocasión de la inauguración de la 130º Exposición Rural, Luis Miguel Etchevehere había afirmado que “hemos ensanchando el área sembrada en más de dos millones de hectáreas”. Según los últimos datos del Ministerio de Agroindustria, el incremento de la superficie sembrada apenas será un poco más de la mitad de lo manifestado por el presidente de la SRA.

La idea de que una buena cosecha “derrama” en un mayor bienestar general no tiene corroboración empírica. Por ejemplo, la producción de cereales y oleaginosas se incrementó setenta por ciento en la década del noventa (de 38 a 64 millones de toneladas). Ese fuerte incremento productivo coexistió con un intenso deterioro de los indicadores económico–sociales. En otras palabras, las mayores cosechas no detuvieron el derrumbe económico y social. Lo concreto es que la fuerte suba de la rentabilidad agropecuaria tuvo escasos derrames en 2016.

El repunte de la industria de la maquinaria agrícola fue una de las excepciones. Sin embargo, la apertura importadora provocó que las empresas nacionales perdieran participación en el mercado doméstico. En los primeros nueve meses del 2016, el incremento interanual (en montos) de las ventas de maquinarias de origen importado fue del 228,8 (cosechadoras) y 302,7 por ciento (tractores). A su vez, el nivel de reinversión de las utilidades agropecuarias es muy inferior al de otras actividades. Las características particulares del sector (la tierra es un factor fijo de producción) establece límites infranqueables a potenciales inversiones. Por eso, una porción importante de los excedentes agropecuarios se terminan canalizando en la especulación inmobiliaria, la compra de moneda extranjera (fuga de capitales) o el consumo suntuario. La experiencia argentina y mundial enseña que el “derrame” no funciona.